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sábado, 18 de septiembre de 2010

Tierra de la Memoria

Con la coordinación de Memoria Abierta, por cuarta vez en los últimos cinco años se reúnen en Buenos Aires directores de museos, asociaciones y memoriales de toda América latina centrados en los derechos humanos.

Página 12.14 9 10. Por Angel Berlanga.

Con un foro público que pondrá sobre la mesa experiencias en Rosario, Santiago (Chile), Guatemala, Perú y El Salvador, el lanzamiento de un portal común y la participación de veinticinco entidades del continente, este Seminario Regional se propone, como plantea Patricia Tappatá de Valdez, directora de Memoria Abierta, ir más allá de los militantes y llegar “a los que no saben, a los que no creen, a los que a duras penas pueden decir en voz alta que su país atravesó una dictadura”.

Terrorismo de Estado, delitos de lesa humanidad, masacres, matanzas a cargo de paramilitares: ¿qué país de Latinoamérica no padeció, en las últimas tres o cuatro décadas, alguna o varias de estas gestas criminales? ¿Y cómo dar cuenta de lo ocurrido, de esas decenas de miles de asesinatos, de las organizaciones y responsables homicidas que los promovieron, de las víctimas secuestradas, torturadas, desaparecidas?

En sintonía con el resurgimiento con fuerza de la noción de lo continental en lo que va de este milenio (un fenómeno muy palpable desde lo político, económico y simbólico en entidades como Mercosur o Unasur), las organizaciones dedicadas a los derechos humanos en la región, que trabajan enfrentando a la impunidad y al olvido que abona más impunidad, estrechan sus vínculos, intercambian experiencias y encaran actividades conjuntas con la idea de robustecer lo continental, también, desde lo cultural y lo social.

En ese sentido, una prueba incontrastable será el IV Seminario Regional de la Red Latinoamericana de Sitios de Conciencia, que se pondrá en marcha mañana, aquí, en Buenos Aires, con la coordinación de Memoria Abierta y la participación de representantes de 25 entidades (museos, archivos, asociaciones, memoriales) pertenecientes a once países.

Museo de la Memoria, Chile
DONDE ESTUVO EL HORROR

Como para ir presentando alguna de las vertientes y la diversidad del encuentro –que durará tres jornadas y se desarrollará en varias sedes– será útil anotar la actividad a la que el público tendrá acceso: Museos de memoria en América Latina. Cinco experiencias en diálogo. Los que participan:

- El director del Museo de la Palabra y la Imagen de El Salvador, Carlos Henriquez Consalvi, mucho más conocido en su país como Santiago, periodista, escritor y fundador y voz de Radio Venceremos, de la insurgencia salvadoreña. El Museo, fundado por él, funciona como archivo, genera publicaciones de libros y revistas, y trabaja con comunidades indígenas.

- Germán Vargas, director de la Asociación Paz y Esperanza, una ONG peruana que trabaja sobre todo con sectores en extrema pobreza y sin acceso a la justicia, y que ha impulsado el establecimiento de dos sitios históricos en Ayacucho (Totos y Puttaca), epicentro del conflicto armado interno que duró dos décadas, con el ejército y Sendero Luminoso como protagonistas.

- Marcelino Hernández Gómez, dirigente del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas en Chiapas, un organismo civil que prioriza los derechos de pueblos indígenas, en especial en lo que hace a territorio, justicia, lucha contra la represión, búsqueda de desarme. Pertenece a la etnia tzeltal.

- Romy Schmidt Crnosija, directora del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Santiago, Chile, autora del primer catastro de centros de detención y tortura del país y responsable de la recuperación para el Estado de varios ex centros de tortura, fue nombrada por Michelle Bachelet a comienzos de este año. La misión del Museo es dar a conocer los crímenes durante el pinochetismo, 1973-1990.

- Rubén Chababo, director del Museo de la Memoria de Rosario (que desde el próximo 10 de diciembre pasará a funcionar en el edificio de lo que fue el Segundo Cuerpo de Ejército durante la dictadura). Chababo (que escribe en estas páginas sobre el debate planteado de cara a la sociedad sobre la construcción del Museo) es uno de los primeros de América latina en trabajar sobre causas y consecuencias del accionar del Estado terrorista.

Laten la complejidad y la diversidad: entidades gubernamentales, ong, iniciativas de grupos; problemáticas actuales y/o ocurridas hace ya tiempo; países con juicios en marcha más allá de los años transcurridos (Argentina, por caso) y otros en los que se propicia impunidad: el viernes pasado, por citar un documento muy reciente, 26 entidades latinoamericanas repudiaron al gobierno peruano por decretar límites a la persecución penal de fuerzas armadas y policiales implicadas en graves violaciones a los derechos humanos.

Las diferencias históricas y de contexto, sin embargo, no empañan el núcleo de la búsqueda: cómo dar cuenta de los crímenes sistemáticos. Hombres y mujeres machacados por grupos de poder. Así que cada uno cuenta cómo es su problemática y cómo la afronta. ¿Cómo se construyen esos relatos, a quiénes están dirigidos, qué sentidos se ponen en juego para entender y pensar al respecto?

Las experiencias que responden a esas preguntas, planteadas para el foro, están sobre la mesa para ser compartidas. A partir de mañana estarán, además, sistematizadas: es que el encuentro servirá, también, para inaugurar el portal Sitios de Memoria en América latina, desde donde podrán intercambiar herramientas de trabajo, materiales e información sobre las tareas y recursos instrumentados por cada entidad.

Ya por fuera del foro público, en el seminario se trabajará sobre la representación de los momentos políticos claves, como transiciones a la democracia o momentos de fractura institucional, el rol del gobierno en la construcción del museo, narrativas históricas oficiales y de los museos, financiamientos, límites entre público y privado.

En el encuentro confluirán también trabajos de cada entidad en torno de imágenes emblemáticas de la historia reciente. Entre los participantes también están Iván Seixas, periodista y ex preso político, que representa a Memorial da Resistência de San Pablo, y Margarita Romero, sobreviviente de un centro clandestino durante la dictadura de Pinochet y presidenta de Parque por la Paz Villa Grimaldi, instalado donde funcionaba un cuartel de la DINA en el que estuvieron secuestradas Bachelet y su madre.

Es un claro rasgo de estas entidades: instalar memoriales y museos en los edificios emblemáticos de la represión. Hace seis años el ex presidente Néstor Kirchner recuperó el predio de la ESMA, donde hoy funciona el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, hecho concreto impensado poco tiempo atrás. El sitio y la hora parecen justos para hacer allí el Museo Nacional de la Memoria. Incluso, dadas las circunstancias y coordenadas, podría hablarse de cierto atraso.
El ojo que llora, Peru

DERECHOS HUMANOS Y CULTURA

“El desafío mayor es vincular los hechos del pasado con los contemporáneos, entendiendo que la memoria es fructífera si se establecen relaciones con los problemas más agudos que atraviesan las sociedades hoy”, dice Patricia Tappatá de Valdez, directora de Memoria Abierta desde que se fundó, diez años atrás, y cofundadora de la Coalición Internacional de Sitios de Conciencia, que tiene 247 miembros en seis continentes y 45 países.

“Porque de lo contrario –sigue– se convierte en un recuerdo que en general tiende a ser épico, o a veces nostálgico, pero no cumple el propósito de señalar luces y sombras de aquel pasado en el presente.” La transmisión de la memoria y la cultura política, los comportamientos autoritarios que subsisten en las democracias, el funcionamiento de los sitios de cara al público, son temas constantes de intercambio y reflexión.

“Nos interesa volver a mirar América latina hoy, porque nos parece que la región tiene una serie de posibilidades y perspectivas que no tenía hace una década –agrega–. De algún modo retomamos con mucha intensidad los lazos solidarios de los movimientos de derechos humanos que había entre distintos países a finales de los ’70 y los ’80, y a la vez buscamos nuevos vínculos. Nos interesa muchísimo la construcción horizontal.”

Tappatá de Valdez subraya que todos los sitios, museos e instituciones de la Red Latinoamericana están fuertemente anclados en la defensa de los derechos humanos y moviéndose hacia el terreno de la cultura.

“Esa plataforma, utilizada en sentido muy amplio, usando artefactos como el cine, video, documentos, muestras fotográficas, producción de libros, debe ser útil para cambiar muchos de los vínculos sociales y políticos que establecieron los ciudadanos con aquel pasado, para que el presente sea inclusivo, duradero, democrático –sostiene–.

Por otro lado, fortalecer los lazos en la región nos interesa porque trabajar juntos nos fortalece, porque creemos de verdad que aprendemos mucho unos de otros y porque las instancias de integración política no han tenido suficiente correlato en la sociedad civil: queremos ver cómo multiplicamos eso.”

La Red se plantea continuamente la ampliación de audiencias y públicos. “Si bien estamos anclados fuertemente en el núcleo duro de la defensa de los derechos humanos –concluye Tappatá de Valdez–, el objetivo es ir mucho más allá de los militantes. Nosotros les queremos hablar a aquellos que a duras penas pueden decir en voz alta que su país atravesó una dictadura.

A los que no saben, a los que no creen, a aquellos que están más lejos. Porque es mucho el esfuerzo de montar y gestionar lugares que tienen que estar abiertos al público, con programas para escuelas, mantenimiento, sólo para los que ya están convencidos. En ese sentido, hemos descubierto que la cultura en general, como plataforma de representación, es muy propicia”.

EL DIRECTOR DEL MUSEO DE LA MEMORIA DE ROSARIO: La condición humana

Por Ruben Chababo

¿Cómo convertir la voluntad de un sector directamente afectado, en una necesidad de la sociedad? ¿Cómo hacer para que ese relato ocupe un lugar, si no central de la escena cotidiana, al menos visible y al alcance de todos?

Construir un Museo de la Memoria que recuerde las causas y los efectos del Terrorismo de Estado sobre la sociedad civil, implica poder responder estas preguntas.

Pero mucho más que el imperativo de contar una historia este Museo debiera ser visto como el esfuerzo por recordar algo amenazado, como tantos otros episodios de la historia, por el olvido.

El museo es un vehículo de la memoria, no es la memoria. Un museo, ningún museo de pretendida proyección histórica, puede aspirar a contarlo todo y mucho menos a que todo el ayer se cobije en sus paredes.

Tampoco a que el relato o la evocación que se haga conforme por igual a todos los que forman parte de una sociedad. Una sociedad, cualquier comunidad humana, posee diferentes memorias y esas memorias poseen a su vez diferentes intensidades. Aquello que algunos recuerdan con estridencia otros lo han olvidado para siempre, lo que algunos eligen recordar, otros lo desechan, acomodando nombres, geografías, capítulos enteros del ayer en el desván del olvido.

En el caso preciso de museos que hacen centro en el recuerdo de hechos traumáticos o dolorosos padecidos por una comunidad, esto que aquí se dice, cobra aún mucho más fuerza.

En Lyon, por ejemplo, donde se erige el Museo de la Resistencia, la mitad de su población prefiere no mirar el lugar de emplazamiento de esa institución: su sola existencia les recuerda que hubo un ayer en el que esa ciudad, o parte importante de ella, colaboró para que fuera posible la deportación de miles de sus ciudadanos.

Y esto se repite por igual en la escena latinoamericana en la que memoriales y sitios de recordación tratan de despertar la conciencia de ciudadanos que prefieren ser poseedores de pasados sin el peso que implica cargar con el recuerdo de hechos tan dolorosos.

No podemos enjuiciar a quienes prefieren olvidar, pero sí podemos invitarlos a no ser indiferentes frente al dolor de los que memoran aquello que les fue arrebatado.

Estamos construyendo un Museo a partir de preguntas, a partir de interrogantes que se asientan sobre un puñado incuestionable de certezas.

Esas certezas son la evidencia histórica que no puede ni podrá ser negada: la existencia de un sistema concentracionario, la desaparición forzada de personas como práctica sistemática, la incógnita acerca del destino de centenares de niños nacidos en cautiverio, el calvario de familiares en busca de una respuesta que nunca fue otorgada.

Ese puñado de certezas alcanza como horizonte para que a partir de ellas formulemos un recorrido a través de una historia que desborda los años específicos que van del ’76 al ’83 y que nos hunde en la triste noche de tantas masacres olvidadas.

Una historia o relato que comprende a los hombres y mujeres devorados por la mano homicida del Estado en las huelgas del ’19, a las decenas de personas calcinadas por los bombardeos sobre Plaza de Mayo en 1955 o las almas vulneradas en las letrinas construidas por las tres A en los años previos al último golpe militar.

Forman todos esos hechos, capítulos diversos de lo que buscamos evocar. Un relato oscuro pero necesario de ser traído al presente, construido sobre una sintaxis que revela cuántas veces en nuestro país la condición humana fue vulnerada.

Estamos construyendo un Museo que pueda ser capaz de despertar el recuerdo de esos hechos, pero que también enseñe a las generaciones más jóvenes la importancia que supone el respeto y el cuidado de la vida y la dignidad humanas.

No estamos construyendo un Museo cerrado en sus lecturas, sino una institución que sobre a partir de la evocación de lo más triste de nuestro ayer invite a considerar y apreciar la importancia que supone la vida en libertad y democracia.

No construimos un Museo que deposita una fe ciega en la memoria. Pueblos y comunidades con memoria han vuelto a cometer los mismos y aún más atroces episodios que alguna vez juraron no repetir. Construimos un Museo que por el contrario, sabe de la labilidad de la memoria, que es consciente de que la condición humana es frágil y que es poderosa la tentación de destruir y dañar incluso lo más amado que se posee.

Por eso nuestra mirada y nuestra confianza apuestan a la educación como un pilar insoslayable para la construcción de cualquier sueño social a presente o a futuro. Al arte como herramienta sutil para nombrar lo que la lengua no alcanza a describir, a los documentos de la historia como marcas insoslayables a la hora de reconstruir el pasado.

No estamos construyendo un Museo del que podamos decir que la sencillez y la simpleza serán sus marcas diferenciales, mucho menos una Institución de la que podamos asegurar hoy lo que ella habrá de ser mañana. ¿Qué habrá de significarle la palabra dictadura a alguien nacido en el 2020? ¿Quién puede decirlo?

Sí estamos construyendo un Museo, ubicado en el centro mismo de la ciudad, a metros de una de las plazas más bellas que tenemos, que apuesta a recordarles a todos los ciudadanos que hubo un tiempo en el que el cielo de este país se oscureció por siete largos años y que esa belleza pudo convivir con el más oscuro de los infiernos, en el centro mismo de la ciudad, en el corazón mismo de la vida cotidiana.

Ese solo dato justifica cualquier desafío de memoración.

En esa sutil y poderosa evidencia se asienta la misión y el esfuerzo de la institución que estamos construyendo.

EL DIRECTOR DEL ARCHIVO HISTORICO DE LA POLICIA NACIONAL DE GUATEMALA: Un archivo para el Nunca Más

Por Gustavo Meoño Brenner

En Guatemala habíamos terminado creyéndonos el cuento de que no existían archivos; que los militares los habían destruido antes de firmar la paz con la insurgencia.

Por ello, en julio de 2005 resultaba increíble, casi un sueño, tener la oportunidad de salvar, organizar y abrir al acceso público cerca de 80 millones de documentos generados por la Policía Nacional a lo largo de 115 años de historia.

Hoy, cinco años después, el sueño es una realidad. Ya solamente quedan fotografías de aquellos 7900 metros lineales de paquetes de documentos –casi ocho kilómetros– apilados en los múltiples recovecos, húmedos y oscuros, de un edificio casi abandonado.

La mayor parte de los documentos han recibido ya una atención archivística básica y casi 12 millones de folios han sido organizados, descritos archivísticamente y digitalizados para ponerlos a disposición de víctimas sobrevivientes, de familiares de víctimas, del Ministerio Público y de la más diversa gama de personas e instituciones interesadas en la investigación.

Para el colectivo que ha llevado adelante este esfuerzo, compuesto por 150 mujeres y hombres –jóvenes en su mayoría–, la mayor satisfacción radica en haber podido entregar en año y medio cerca de 85 mil copias de documentos en respuesta a más de 4 mil solicitudes de información.

En numerosos casos de familiares de víctimas, la información obtenida contiene las primeras respuestas a las interrogantes que los han mantenido en la angustia de la incertidumbre a lo largo de 25 o 30 años. Y ello tiene un evidente efecto reparador. Muchos de esos documentos han resultado de gran utilidad para los primeros juicios que se están llevando a cabo en contra de agentes y mandos de policía, acusados de delitos de desaparición forzada, tortura y ejecución extrajudicial.

Paine, un lugar para la memoria, Chile

Al valor innegable de un archivo histórico de esta naturaleza y magnitud, se agrega la importancia de estar depositado en un edificio en el que funcionó uno de los cuerpos de policía más represivos durante el gobierno militar del general Efraín Ríos Montt.

Existen múltiples testimonios sobre la práctica, entre 1982 y 1983, de las detenciones clandestinas, la tortura y las ejecuciones extrajudiciales en ese tenebroso Sexto Cuerpo de la Policía Nacional. Resulta también muy gratificante haber logrado la recuperación de esos espacios para la causa de la memoria y la verdad, en el proceso que está convirtiendo a ese viejo edificio y al archivo histórico que alberga en un importante Sitio de Conciencia para Guatemala.

Cada día un número creciente de personas de todas las edades visita el Archivo Histórico de la Policía Nacional, para apreciar ese acervo –único e irrepetible– y conocer los procesos de trabajo que están permitiendo su recuperación. Uno de los mayores retos ahora es fortalecer la naturaleza memorial del lugar y dotarlo de los elementos museísticos necesarios.

Dentro de los planes para el próximo año se ha priorizado el trabajo con jóvenes estudiantes, promoviendo el conocimiento del archivo y el edificio del ex Sexto Cuerpo de la Policía Nacional, dentro de un programa que incluye proyección de documentales, conferencias y exposiciones.

Esta es nuestra contribución para que la memoria, la verdad y la justicia tengan el lugar que les corresponde en este país donde el genocidio perpetrado por los gobiernos militares dejó el saldo espantoso de 155 mil muertos y 45 mil detenidos desaparecidos. Es el aporte de este colectivo para que en Guatemala Nunca Más se repitan esas atrocidades.

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