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domingo, 15 de agosto de 2010

El preso sin mameluco


Murió el Nº 001 en el Penal de Libertad.

Estaba radicado en Malmö, Suecia. Era un comunicador, un hombre de radio. Fue sindicalista y militante. Estuvo preso 15 años de los 74 que vivió. Fue el primero de los presos que en el Establecimiento Militar de Reclusión Nº 1 (EMR 1) la dictadura intentó numerar y uniformar de gris para despersonalizarlo. Pero no pudo. No hubo mameluco para Benigno Torres.

Caras y Caretas. 13 8 10.

ROGER RODRÍGUEZ – rogerrodriguez@adinet.com.uy

La historia puede considerarlo un hecho menor, pero resultó curioso que aquel octubre de 1972, al primer preso que los militares numeraron, raparon y le dieron un balde, alpargatas, papel higiénico, trapo de piso, jarro y plato, y hasta un pequeño discurso, no pudieran despersonalizarlo: vestirlo, enmamelucarlo, agrisarlo… El 001 del Establecimiento Militar de Reclusión Nº 1 tenía un recurso no pensado: era gordo.

"La ayuda, sin dudas, vino de un volumen que desmentía la figura que los medios de entonces hacían de los revolucionarios: generalmente joven, de vaquero cuando aún no se los llamaba jean, de figura esbelta, si es posible, pelo largo. Bueno... ¿de eso? Nada. Nada de eso se cumplía en esta ocasión”, recordaba el protagonista de aquella histórica anécdota.

“Viajamos de noche, en las ‘heladeras’ verdes, antigua base de operaciones, radio o talleres del Ejército, transformados en cajones de metal para transportar presos. Éramos 25. Nos dividieron en dos vehículos, uno con 13 y el otro con 12. Partimos.

En el que me tocó a mí no nos conformábamos con el silencio que nos exigieron. Y al poco tiempo empezaron carraspeos, sonidos, leves movimientos para buscar la reacción. Nada. Y todos encapuchados. Hasta que uno, bajo de talla (él sabe quién fue), chico, desenredó las piernas y pudo pararse. A esa altura sabíamos que no teníamos custodia dentro del camión. Nos desencapuchamos y empezamos a charlar", contaba.

La osadía de aquellos presos con destino incierto no implicaba negar el miedo. "Siempre se tiene, siempre se teme. La incertidumbre es un arma que fue muy utilizada con nosotros. Pero en todo caso, ya en la partida hacia ese otro destino, los desarmamos. Supimos perfectamente por dónde nos trasladaron. Verificamos que íbamos hacia Libertad y poco antes de entrar, vuelta a la capucha y a aparentar resignación”, reconocía.

La escena, después les contaron, tuvo como público al comando de la región. Algunos dicen que estuvieron de todas las regiones. De todas las armas es seguro. Pero, a pesar de la planificación del show inaugural, ocurrió ese imprevisto: había excedidos de peso y eso no entraba en el libreto.

–Vístase.

–No puedo.

–Vístase, le digo.

–¡No me entra!

"No sé qué será de la vida del entonces capitán Vázquez, pero él lo puede ratificar", aseguraba.

Hubo cabildeos y cuchicheos hasta que, finalmente, los militares sufrieron la primera derrota, por razones tácticamente no previstas. El gordo Benigno Torres partió con su pantalón de brin azul, que le había mandado la compañera del ‘Pocho’ Hornos, y de camisa blanca hacia la celda. El primer preso del Penal de Libertad no portó número ni uniforme, en un lugar cuya puerta de ingreso rezaba: "Aquí se viene a cumplir".

UN HOMBRE CON VOZ DE RADIO

Benigno Siul Torres Campero narraba como antecede una historia que lo hizo famoso entre los presos políticos de Uruguay aun antes de que los militares dieran el golpe de Estado. En aquella entrevista (que quien suscribe publicó en La República el 12 de octubre de 2002) Benigno aceptó contar parte de su vida, ante la excusa del periodista que lo consultaba sobre un debate que en esos días se planteaba sobre qué hacer con el aún hoy inhumano Penal de Libertad.

Para Benigno haber sido el 001 fue un elemento circunstancial… “Porque éramos 25 los primeros... Y tan primeros como nosotros, pegaditos, son el 026 y los que siguen, hasta esa larga caravana de grises que llegaron hasta el 2.873”, contaba al recordar el número de Román Klivsov, el último preso del penal, traído desde San Javier luego del asesinato por torturas del médico Vladimir Roslik.

"El llamarme Benigno –explicaba– es herencia de mi padre. Yo creía que tenía otra connotación, pero no: es sencillamente lo que marca el almanaque para el 13 de febrero. Soy Torres por su lado y Campero por mi madre. Nací en Fray Bentos, dentro del predio del [Frigorífico] Anglo, donde los dos eran obreros. ‘Friyeros’, entonces. Mi recuerdo es de un padre con tres amores: el socialismo, el fútbol y el cigarro. Allí nací y fui el compañero de horas interminables de reuniones en la Unión Obrera Río Negro, de los actos en la Plaza Constitución, de las campañas por la Lista 90.

Hincha, además, hasta hoy del 18 de Julio, cuadro que –si las conservan– debe de tener más de una foto mía, entreverado con el cuadro, entre las tomadas en el Parque Liebigs. Su cancha creo que aún conserva el nombre de Orlando Torres, un hermano de mi padre que fue de los cracks de antes, cuando Río Negro dominaba el Litoral. De allí provengo… He tenido una vida de diversas emigraciones. La primera de Fray Bentos a Paysandú. Mi madre muere cuando yo tenía 11 años y a los 13, mi padre. Jóvenes y útiles aún. La fractura es fuerte y paso a vivir en la ciudad donde digo tener carta de ciudadano. Sanducero incorporado, allí completé la escuela, hice la escuela industrial... crecí, me hice hombre, formé mi primera familia”.

Benigno contaba que desde muy joven, en 1953 y con sólo 16 años, empezó a “curiosear” en un medio que no imaginaba que sería el destino de toda su vida: la radio, ser locutor de radio… Tenía voz de radio.

En ese ambiente dio sus primeros pasos como sindicalista, en la Asociación de Empleados Radiofónicos (ADER) que buscaba jerarquizar el oficio ante la patronal Andebu, cuando no existía la carrera de comunicador. Luego, con las inundaciones del 59 emigró a Montevideo y se integró a Monte Carlo y luego a El Espectador, donde hizo su experiencia profesional "más rica y valiosa, con un plantel de excepción;;;; quien tenía oídos abiertos y receptividad, aprendía y aprendía", contaba entusiasmado.

EL 001 DEL PENAL DE LIBERTAD

Amigo de Alfredo Zitarrosa, locutor en actos y boliches, culto y con un fino sentido del humor, Benigno se comprometió con su entorno. "De la lucha sindical a la política hay una relación muy cercana. Una es consecuencia de la otra. Los tiempos cambian, la realidad también. Surgen las posiciones llamadas radicales, con el sentido hasta peyorativo que se les daba. Y ya andaban en la vuelta quienes impulsaban la lucha por sus derechos de una manera diferente a la conocida en esos tiempos: con otros métodos, con diferente perspectiva. Y las formas de pelear por el derecho propio y de los demás también se modifican. Convivir entonces en la vida sindical y encontrarse con el MLN-T no era nada extraño. Y reconocer y aceptar desde sus fines y objetivos tampoco", explicaba.

En 1969 fue a dar a Punta Carretas. Allí convivió e hizo escuela con otros 40 presos de la organización guerrillera. Salió en junio de 1970, volvió a rearmar pareja y trabajó, para caer preso, nuevamente, por mucho más tiempo del que imaginaba. En 1971, con la fuga conocida como “el abuso”, la prisión de Punta Carretas había cambiado. En 1972 hubo otra fuga desde el hospital penitenciario, por lo que los presos fueron trasladados el 18 de abril a Punta de Rieles. "Ya se estaba entrenando a los futuros carceleros, en ese convento transformado en prisión (...) Fue el inaugurar cosas que luego iban a ser cotidianas. El "largo-largo", el grito destemplado, la rapada... Todavía no te pegaban al subir las escaleras;;;; pero ya iba a llegar", describía Benigno el preámbulo del traslado al flamante Penal de Libertad.

"Gordo, para vos no hay tercer cana", lo amenazaron al ser liberado poco antes de la reinstitucionalización del país. Se encontró en tierras nórdicas con su compañera, que se había exiliado en 1976 junto a su hija Adriana. Luego vino Natalia, su hija sueca. Pero Benigno tuvo otros hijos en Estados Unidos, San Pablo, Paysandú y Buenos Aires, incluso en Suecia. Con ellos vinieron nietos y bisnietos. Trabajó en una radio en Lund, cerca de Malmö, donde finalmente se radicó y ejerció como corresponsal de Radio Nacional de Suecia.

Reconocido y apreciado en todas las organizaciones de uruguayos radicados en Suecia y por todos los que lo conocimos, Benigno trató de no irse totalmente de su tierra y fue solidario con Uruguay en campañas organizadas por los exiliados y en la lucha contra la ley de impunidad. Pudo, como corresponsal de El Espectador, hacer que su voz llegara a su país… esa voz amable, serena, casi delicada, que no parecía corresponder al físico de su emisor. Falleció el martes 10 de agosto en Malmö. Tenía 74 años. Estuvo 15 preso. No portó número, aunque fuera el primero. No hubo mameluco que encerrara a Benigno Torres. Libre, dentro y fuera.

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