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sábado, 2 de agosto de 2014

Sobre "Cuentos de la picada"

Para los gurises

Mucho más que un libro de humor sobre la dura vida en prisión.

El País Cultural - Por László Erdélyivie  1  8 2014 



Walter Phillips Treby
URUGUAY TIENE una historia reciente fuerte, terrible. Allí se violaron todos los derechos humanos. Hubo guerrilla, pérdida de democracia, dictadura y muchos muertos.
Pero los más jóvenes, nacidos a partir de la década del 90, escuchan las historias de esa época como "cuentos de viejos". Es entendible. Pasados 30, 40 años, estas nuevas generaciones dedican su energía a construir su futuro y el de la comunidad en la que están insertos, y no quieren cargar con mochilas pesadas. Menos con historias de héroes, de "milicos" y "tupas", y sus discursos correspondientes. 

Sin embargo es útil -y hasta sano, necesario- ubicarse en la época cuando sus padres o abuelos eran jóvenes para comprender el contexto en el cual ocurrieron esos hechos. Para facilitar esto hay muchos testimonios disponibles, algunos de los cuales están dejando una huella firme, de bajo perfil, como es el caso de las obras de Walter Phillipps-Treby y Jorge Tiscornia. 

Ambos integraron la guerrilla Tupamaros, cayeron presos, fueron torturados, y estuvieron recluidos más de una década en la prisión llamada "Penal de Libertad", a pocos kilómetros de Montevideo. Primero publicaron un libro juntos, Vivir en Libertad (Banda Oriental, 2003). Luego Tiscornia continuó en el proyecto "El almanaque", que incluye el documental homónimo de José Pedro Charlo (El almanaque, 2012).

Ahora acaba de salir una edición de relatos de Phillipps-Treby titulado Cuentos de la picada.

VIDA COTIDIANA.



Jorge Tiscornia
El libro Vivir en Libertad recogía los reglamentos, comunicados internos, catálogos, y otros escritos de la vida cotidiana de un penal que albergaba a varios miles de reclusos. 

Allí aparecían listas con los filmes exhibidos a los presos, las hojas con registros de reclusos, los boletines internos de la autoridad o el catálogo de libros de la biblioteca. Alternaban nombres de autores como Charles Dickens o Khalil Gibran junto al film La fiaca, protagonizado por Norman Briski; comunicados aconsejando no compartir el mate para evitar el contagio por la detección de "5 casos de BK positivos (bacilo de Koch) en la población reclusa", junto a la noticia de la autoeliminación de un preso (noticias de suicidios que en los años `70, los de más rigor, eran dadas por altoparlante en la noche para todo el penal, cuando los presos estaban solos en sus celdas, como consigna Carlos Liscano en El furgón de los locos); una encuesta interna revelando qué tipo de música prefería la población carcelaria (Típica 35%; Folclore 31%; Tropical 5%) junto a una arenga de las autoridades, justificando la privación de libertad imperante "a fin de lograr la recuperación moral y material de la Nación". Esta información, presentada en el 2003, provocó imágenes inusuales en la mente del lector.

Los documentos que figuran en ese libro fueron guardados o sacados del penal de diferentes maneras sin ninguna finalidad concreta, "por el hecho en sí", dice Phillipps-Treby en la introducción a Vivir en Libertad."La mayoría los guardó Jorge" agrega. Jorge Tiscornia, por ejemplo, llevó un diario escrito en minúsculas hojillas durante los 4.646 días que duró su prisión, un registro metódico de hechos cotidianos que luego ocultaba dentro de unos zuecos de madera que él mismo fabricaba y que utilizaba como calzado. 

La recreación de este proceso está en el muy buen documental El almanaque, y también en la edición facsimilar de los minúsculos diarios (Yaugurú, 2012), una reproducción hoja por hoja acompañados por un librillo con textos de Arturo Bentancour, Elbio Ferrario, Daniel Gil, José López Mazz, Sonia Mosquera y Ana Tiscornia. Hojillas y librillo están presentados en una caja, realización que contó con el cuidado de Tiscornia y Charlo.

Hace tres años, a los 61, Phillipps-Treby falleció víctima de una hemorragia cerebral. En el plano profesional se destacó como psicólogo y docente universitario, y en el personal siempre estuvo rodeado de afectos. Antes de fallecer tenía casi pronta una recopilación de cuentos que la editorial Fin de Siglo publica ahora con el título Cuentos de la picada. El libro se anuncia desde la contratapa como un ejemplo del"uso del humor" como forma de sobrellevar la dura vida en prisión. Pero hay mucho más.

PICANDO LA MEMORIA.


Las anécdotas que aparecen en Cuentos de la picada son contadas por varios personajes en torno a una mesa donde picaban diferentes verduras y hortalizas para la cocina. Una de las historias comienza así: "Lloraban sin llorar"aunque "reían entre lágrimas, como se ríe en los velorios"

Un comienzo que anuncia lo peor, cuando en realidad estaban pelando cebollas, canastos de cebollas. Otro relato refiere a un guardia joven y feo que los mandoneaba, y a quien le otorgaron "un honoris causa en prepotente al pedo". En realidad los presos preferían otro tipo de guardia, aquellos más tranquilos, quietos,"firmes como rulo de estatua".

La narración fluye austera, apoyada en el humor, describiendo la vida cotidiana en el penal. Abundan los datos y las pinceladas certeras para definir un carácter, un gesto, un estado de ánimo. El efecto es inmediato: todos los personajes se van humanizando, sean presos o guardias. La empatía crece, hasta que de pronto el lector recibe un golpe en el plexo solar: Phillipps-Treby, en un epílogo titulado "El otro", habla del "traidor". Se enteró, pasados 30 años y luego de tener el libro casi pronto, que uno de los compañeros mencionados en el texto era informante de las autoridades.
Pero Phillipps-Treby, en lugar de problematizar la figura del traidor, en un giro sorpresivo discute el estigma que recayó sobre aquellos que "cantaron" en la tortura. El autor cuenta su propia experiencia: cayó preso muy joven (22 años), y pasó por la tortura sin "delatar" a nadie. Ello creó a su alrededor un aura especial, la de alguien que no "traicionó". Esa aura le disgustaba, la consideraba simplificadora y maníquea. En las numerosas conversaciones que el autor tuvo con este cronista, él insistía en relativizar el peso de ese hecho. "Tuve suerte"decía, "algo que otros no tuvieron", ya fuera porque sufrieron sesiones de tortura más largas, o quedaron en manos de torturadores más expertos. Nada de heroísmo; sólo casualidad.

Esa actitud le valió años antes, en el penal, la confianza de los más veteranos, quienes le pidieron que se acercara a un compañero que había "hablado" en la tortura, y que se estaba atormentando. "Se imponía respetarlo para que se pudiera respetar" señala en el libro Phillipps-Treby. No es el caso de "el otro", el de Cuentos de la picada. Este siguió informando durante todo el período de prisión, y luego continuó en democracia. Podía elegir no hacerlo, pero siguió. Las razones "no las quiero entender" dice el autor. El "otro" aparece en el libro sin identificar.

Cuentos de la picada tiene una dedicatoria especial del propio Phillipps-Treby: "para los gurises", que "están tan lejos de todo aquello". Se refiere a sus hijos, y por extensión a las nuevas generaciones. Les dice, con este libro, que no hay una verdad única sino memorias individuales que se construyen desde la duda permanente, el rigor y la honestidad. Que una forma de construir esa memoria es seguir el camino que él y Tiscornia eligieron, buscando esos elementos concretos del pasado que les "hablan" en forma directa, sin lenguaje contaminado, artificial. 

Para recuperar al ser humano más allá de los discursos, de las historias "oficiales" de ayer, de hoy y de siempre.

CUENTOS DE LA PICADA, de Walter Phillipps-Treby. Fin de Siglo, 2014. Montevideo, 158 págs.

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