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jueves, 15 de diciembre de 2011

Sobre Julio Castro.

El horror del silencio


Bitácora 11 12 11. Por Esteban Valenti

Los seres humanos tenemos una capacidad de adaptarnos a todo y al contrario de todo demasiado grande, peligrosamente grande.

Es posible que eso nos haya permitido sobrevivir a las pestes, las hambrunas, las invasiones civilizadoras o bárbaras, a las guerras y los genocidios. Pero en tiempos normales esa capacidad plástica corresponde a una memoria frágil.

Hoy nos hemos acostumbrado a que todos los medios de prensa cubren ampliamente la búsqueda de los restos de los desaparecidos, las declaraciones y debates sobre los derechos humanos y que a la dictadura se la llama dictadura y no más el gobierno de facto u otros eufemismos.

Incluso corremos el riesgo de acostumbrarnos a convivir con esas enormes multitudes que olvidándose de la crisis de la militancia, de los malhumores políticos de izquierda por lo menos una vez al año desfilan con cientos de retratos en su inmensa mayoría de jóvenes de los desaparecidos durante la dictadura. Nos duelen, nos conmueven, a muchos de ellos los conocimos, tienen la edad de nuestros hijos o nuestros nietos pero se van integrando lentamente al paisaje de nuestra historia reciente y presente.

Cada tanto un hecho nos rompe todos los esquemas, todas las tranquilidades y los paisajes. Eso sucedió con la comprobación de que los restos encontrados en las proximidades del Batallón de Infantería Nro. 14 en una fosa cavada en la tierra y en la roca eran de Julio Castro.

Los detalles de todo el caso son parte esencial del impacto que ha tenido el caso. Lo detuvieron en el año 1977, cuando la dictadura tenía ya a miles de presos, torturados, exiliados y Julio Castro tenía 68 años de edad. Lo más dramático y terrible es que lo asesinaron. Primero lo torturaron en una sede del Servicio de Información de Defensa (SID) de la calle Millán y luego lo ejecutaron de uno o más disparos con un arma de grueso calibre.

En esos detalles se desmoronaron una vez más partes fundamentales del discurso que pretende desde diversas tiendas encubrir el horror de la dictadura. No fue un exceso de los verdugos en la tortura, no era parte de ningún demonio fue un asesinato frío y premeditado más. Como fue un asesinato atroz el de Maria Claudia la nuera de Juan Gelman, que tenía 19 años y que la mataron para robarle su hija recién nacida. Nada más. La única diferencia es que todavía no encontramos las pruebas materiales, pero todos lo sabemos.

En este caso como en otros funcionaba perfectamente la cadena de mando. Desde arriba hasta el último escalón. Nadie durante la dictadura se hubiera atrevido a cometer esos crímenes sin el conocimiento y la aprobación de toda la pirámide jerárquica. El Batallón de Infantería 14 dependía y depende del Comando General del Ejercito, pero ese es un detalle menor, lo que está claro es que están todos comprometidos los mandos militares y los cómplices civiles. Comprometidos institucionalmente, ideológicamente y sobre todo por el pacto del silencio. Todos sabían supieron y callaron. Y si queda alguna duda, que la justicia se ocupe de aclararlo como corresponde en una sociedad democrática.

Y la maniobra organizada en el aeropuerto internacional de Carrasco en el vuelo 159 de Pluna, con llamada por los altoparlantes reclamando el embarque de Julio Castro no se pudo realizar sin la directa participación de toda la estructura de la dictadura. Así como la mentira que durante 34 años utilizaron para ocultar este crimen y muchos otros no pudo mantenerse sin el pacto de silencio y el andamiaje político e institucional que incluía instituciones militares. ¿Hasta que nivel? Esa es otra pregunta que la historia y la justicia deberían responder.

Para que el pacto del silencio entre los militares funcionara durante tanto tiempo hay que buscar razones profundas, sólidas y no sólo la complicidad entre los uniformados. Es cierto lo que el teniente general Pedro Aguerre, comandante actual del Ejercito declaró recientemente, el ejército y ninguna de las fuerzas armadas y de seguridad fueron un malón, actuaron institucionalmente siguiendo la orden de mando. Durante la dictadura y después.

Ahora tendremos la oportunidad de saberlo, de dar un paso más en un proceso que de parte de las Fuerzas Armadas ha tenido una continuidad indiscutible. El soporte político e ideológico de ese discurso fue la teoría de los dos demonios. A ese discurso contribuyeron no sólo los dictadores y los militares sino incluso fuerzas de oposición a la dictadura de derecha y de izquierda.

Yo valoro positivamente las palabras democráticas del general Pedro Aguerre de esta semana. Y punto. Y me quedo esperando como todos los uruguayos que sucederá a partir de ahora. No me cambia un ápice mi visión de que las Fuerzas Armadas como tales, fueron parte de un sistema de violación sistemática y atroz de los derechos humanos de sus conciudadanos, los uruguayos.

El discurso de los dos demonios fue funcional a la política de impunidad total y absoluta de los dos gobiernos de Sanguinetti y a toda su política. Y del gobierno de Lacalle que en otras circunstancias, a través de su pasividad continuó esa línea. No fue lo mismo el gobierno de Batlle. La Comisión para la Paz fue el primer intento oficial de buscar la verdad desde el Estado. El pacto de silencio y complicidad también le mintió a la Comisión para la Paz. El discurso desde la derecha, con sus matices y diferencias se alimentó desde esas posiciones y desde los resabios institucionales de la dictadura enquistados en organizaciones de militares retirados. Promovieron ese discurso y sus consecuencias.

También hay sectores de la izquierda que contribuyeron a el. No nos hagamos los distraídos. Desde los que alimentaron la idea de que la dictadura fue un choque con la guerrilla, cuando todos sabemos que cuando llegó el golpe de estado la guerrilla ya no tenía ninguna capacidad operativa y su estructura estaba totalmente desmantelada.

Pero no fue sólo a partir de una deformación histórica que se dio soporte a ese discurso, también en otras definiciones, en una sensación bastante difusa en la sociedad de que había un tipo de relación entre ex combatientes y que la primera definición, incluso en la sensibilidad hacia la edad de ciertos presos militares correspondía a una visión de que efectivamente existieron dos demonios armados enfrentados. Es discurso pervive en muchas declaraciones y expresiones de ese tipo. Y excluye a todo el resto de la sociedad uruguaya.

Julio Castro dinamitó todo eso. Su captura en 1977, su edad a la hora de su asesinato, 68 años y su trayectoria como maestro, como referente pedagógico de varias generaciones, su labor como periodista, su vuelta al país en plena dictadura y su total y absoluta desvinculación de cualquier posible demonio.

Liquidó el discurso de las amnistía para ambos bandos, en el que insistió Sanguinetti esta semana, o de la prescripción de los delitos, porque en realidad el asesinato lo conocimos hace pocos días y luego de 34 años de silencio y ocultamiento y también golpeó el discurso de los presos ancianos que merecen pasar sus últimos años en sus domicilios. Estuvieron libres demasiados años, fueron impunes y pudieron gozar de sus familias, de sus vidas mientras sus víctimas y las familias de sus víctimas sufrían su terrible calvario. Van a estar presos demasiado poco tiempo.

No hablemos de venganza, como en algún momento intentaron hacerlo algunos voceros de la impunidad. Este país y su gente ha demostrado una paciencia, una entereza, una conciencia democrática realmente admirables. Además nunca podríamos ponernos al nivel de la bajeza de esos personajes cobardes y siniestros. Un general que usurpa el uniforme de la Patria, que permite que asesinen a su maestro y que ni siquiera tiene la hombría de responderle a una carta desgarradora de su esposa como lo hizo Gregorio Alvarez, es sólo un dictador miserable. Nada más.

Rescato un aspecto de las declaraciones del general Aguerre, su preocupación por recrear una relación de respeto entre la sociedad uruguaya y sus Fuerzas Armadas y su reconocimiento que no existe a pesar de los 26 años de democracia. Ahora tienen una oportunidad única de comenzar a reconstruir esa relación y para ello deben desterrar de su seno a todos los que mantienen los pactos del silencio.

También sería bueno que los civiles, políticos, medios de prensa, periodistas, jueces, hagan también su propia autocrítica. Estoy convencido de que no tendremos oportunidad de verlos ni de escucharlos. Confían en el olvido. Con algunas excepciones de gente valiente.
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