La Asociación de todas y de todos los ex presos políticos de Uruguay
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viernes, 19 de octubre de 2012
jueves, 11 de octubre de 2012
Material sensible
Presentan denuncia contra el ministro de Defensa, Eleuterio
Fernández Huidobro, por desacato a la Justicia.
La diaria - 11 10 12
El doctor Federico Álvarez Petraglia y el periodista Rodolfo
Porley presentaron ayer una denuncia ante el Juzgado Penal de 19º Turno por la
“violación de una orden judicial” por parte del ministro de Defensa Nacional,
Eleuterio Fernández Huidobro, quien prohibió que se tomaran fotografías durante
el reconocimiento del centro de detención de la dictadura 300 Carlos -conocido
también como Infierno Grande-, que funcionaba dentro del Servicio de Material y
Armamento del Ejército. Porley presentó en octubre de 2011 una denuncia por
violaciones a los derechos humanos patrocinada por Álvarez Petraglia que
involucra a este centro de torturas.
En el marco de esa denuncia, el 27 de setiembre la jueza
penal de 7º Turno, Mariana Mota, dispuso una inspección ocular en esa unidad y
en el Batallón de Infantería Blindado, ubicados en Instrucciones y Casavalle,
con el objetivo de “ubicar en los predios” las instalaciones del 300 Carlos, se
explica en el escrito presentado ayer. Se agrega que Mota pidió que se
documentaran las pruebas con fotografías y croquis, para lo que concurrió
personal de Policía Técnica.
Además participaron la fiscal de 5º Turno, Ana
María Tellechea, Petraglia, Porley y seis ex presos políticos que estuvieron
detenidos en el lugar: Martha Valentini, Beatriz Weisman, Mario Ítalo Moreni,
Albert Moreira, Dari Mendiondo y Clarel de los Santos, que fueron citados por
la Justicia en calidad de testigos.
Petraglia y Porley expresan en la denuncia que se
sorprendieron cuando intentaron ingresar a la unidad militar: la jueza “fue
recibida por el coronel Raúl Lozano”, quien “le manifestó que habiéndose
comunicado previamente con el general Nelson Pintos, éste le transmitió una
orden del ministro de Defensa por la cual se disponía “que en dicho predio no
se sacaban fotos”. La razón de la negativa “sería la supuesta existencia en el
lugar de material sensible”. La jueza “reiteró in voce su orden”, acto que fue
registrado por la actuaria presente.
El escrito agrega que se tuvo que realizar la inspección del
lugar sin sacar fotografías y que una vez en el galpón donde funcionó el 300
Carlos “quedó en evidencia la sinrazón de la orden” del ministro de Defensa,
“ya que lo único que se pudo observar fueron maquinas viejas, restos de
metales, alguna madera, etc.”.
Ante estas circunstancias, “las conductas desplegadas” por
los militares y el ministro “son claramente violatorias de una orden judicial”.
La denuncia destaca que la negativa a permitir la documentación de un sitio
donde se torturó durante la última dictadura “implica una flagrante violación”
a la separación de poderes y también “a lo dispuesto en la sentencia dictada
por la Corte Interamericana de Derechos Humanos” en el caso Gelman vs Uruguay,
en la que se “ordena a todas las reparticiones del Estado uruguayo no
obstaculizar en forma alguna el progreso de las causas como la que motivó esta
inspección”.
Finalmente, se solicita como prueba testimonial que se cite a
declarar al coronel Raúl Lozano, al general Nelson Pintos, al ministro
Fernández Huidobro, a la jueza Mota y a la actuaria Mabel Machado.
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Vieron luz
Ocho mil documentos sobre Uruguay fechados entre 1963 y 1973
fueron desclasificados en Estados Unidos y están a disposición en internet.
La diaria - 11 10 12 - Por Lourdes Rodríguez
Con fondos de la Universidad de la República (Udelar) y
cancillería, los investigadores Nicolás Duffau y Aldo Marchesi, integrantes del
Grupo de Estudios Interdisciplinarios sobre el Pasado Reciente (Geipar),
digitalizaron y establecieron las condiciones de acceso de un conjunto de
archivos sobre nuestro país depositados en la National Archives and Records
Administration (NARA), del departamento de Estado de Estados Unidos. La primera
parte de la colección documental será presentada hoy en el marco de una jornada
académica. La cita es en la sala Maggiolo del edificio central de la Udelar a
partir de las 16.30.
La voluminosa documentación abarca la década 1963-1973 y tomó
carácter público en el marco de los procesos de desclasificación rutinaria de la
NARA, luego de un período de confidencialidad que en general es de 30 años.
Esta colección de más de 8.000 textos tiene que ver con los intercambios que
hubo en esa época entre la embajada en Uruguay y el gobierno de Estados Unidos.
“Política y defensa” es la categoría en la que se concentra
la mayor cantidad de archivos, pero también hay otras menores como economía,
sociedad y “especial”. Esta última incluye textos de organismos
internacionales, que no necesariamente tienen relación con Uruguay. El criterio
de trabajo fue copiar todos mediante la digitalización: “Lo que se busca como
gran eje es democratizar información”, explicaron los investigadores. El
internauta podrá acceder a la documentación en www.geipar.udelar. edu.uy.
“Permiten ver y reconstruir el papel de Estados Unidos, la
vinculación con la política partidaria, con las organizaciones. Son
observadores permanentes de todo el contexto uruguayo, están preocupados por la
vida política pero también por las cuestiones legislativas en drogas, las políticas
de territorialidad marítima, por el rol de la Iglesia, los sindicatos y el
movimiento estudiantil”, resumieron Duffau y Marchesi.
Explicaron que los documentos no tienen valor si no se los
contextualiza en el marco de la Guerra Fría y de la movilización política y
social. “Hay que tener cuidado con pensar que los archivos son la fuente de
verdad; es una mirada parcial. El archivo es una construcción: es lo que un
Estado, sea cual sea, permite que se vea. Lo segundo es que es sólo una parte
-nos queda por fuera de la CIA, por ejemplo- y lo tercero es la mirada de los
funcionarios”, señalaron. Para poder reconstruir también es necesario cruzarlos
con documentación uruguaya de la época -de la Policía, de Inteligencia militar-
que no están a disposición de los investigadores.
Tuito
Al estar pautada por la Guerra Fría, la visión de la
diplomacia estadounidense identificaba como “riesgo último” la posibilidad de
una “amenaza comunista”. En los reportes políticos, según los investigadores,
existe preocupación por la resistencia de los partidos tradicionales a
proscribir al Partido Comunista del Uruguay (PCU). Incluso Jorge Pacheco Areco
inhabilitó al Partido Socialista y otros grupos, pero no al PCU. “Uno de los
trabajos de la embajada [de Estados Unidos] era promover el convencimiento de
hacerlo entre los partidos tradicionales”, puntualizaron.
Los archivos reflejan un claro interés en las elecciones
internas de esos partidos y en las desavenencias entre los colorados y los
blancos. “La preocupación era mayor respecto de la izquierda legal que de la
izquierda armada”, afirmó Marchesi. De esta última sólo temían por “la
posibilidad de que se pusiera una bomba en la embajada”, ejemplificó.
La conformación del Frente Amplio era vista como una amenaza.
Incluso hay un documento en el que se expresa que no sería “una situación
revolucionaria”, pero que si esa situación y el clima de contexto social
continuaban y los políticos tradicionales no lograban “resolver la crisis”, en
el mediano plazo habría un “riesgo hacia la izquierda”. “Esto es explícito,
sobre todo hacia los 70”, precisaron.
Otro aspecto a destacar es el seguimiento de toda la prensa,
que se consideraba en la categoría “psicologic”. Allí se analizan temáticas de
actualidad y cómo resuenan en la vida cotidiana: la llegada a la Luna, la
muerte del Che Guevara o un editorial de Carlos Quijano que había repercutido
en los sectores políticos. “Plantean el tema de Marcha, de cómo tiene una
visión pesimista de la realidad uruguaya, y la necesidad de crear otra
herramienta periodística que tenga influencias entre las elites uruguayas. Lo
mismo ocurre con Peloduro riéndose de la clase política. Esto es importante
porque da cuenta de hasta dónde estos diplomáticos están preocupados. Nada de
la vida social, cultural ni política les es ajeno”, señalaron.
Tela por cortar
Duffau y Marchesi entienden que no toda la información que se
incluyó en las comunicaciones era intencional. Muchas veces formaba parte de un
trabajo sistematizado del country team -equipo diplomático- designado para esta
tarea. “Tiene mucho de este lenguaje propio, pero son muy sólidos en materia de
información. Es información muy calificada. Tienen informantes en todos lados y
capacidad de diálogo con muchísima gente, con todos los actores, con
sindicatos, con intelecuales de derecha y de izquierda, y relativa apertura
para hacer un diagnóstico de lo que está pasando y para definir
recomendaciones. Esto no se hacía sólo con Uruguay, sino con todos los países”,
describieron.
Se informaba de la cita de un diplomático con un político, la
realización de un ágape, las protestas, las exportaciones e importaciones, las
ganancias que generó cada rama de la industria y la cantidad de votantes en las
elecciones por departamento. “Más allá de la mirada, esos documentos, todavía
vírgenes, son útiles para ver datos concretos del proceso político, porque a
partir del 68 hay muchas proscripciones de prensa, períodos en los que no salen
diarios. Hay documentos que consisten en seguir semanalmente todo lo que está
ocurriendo en Uruguay sobre todos los procesos políticos, manifestaciones, y
una evaluación de las situaciones en términos de nivel de riesgo de la política
interna de Uruguay para Estados Unidos”, enumeraron.
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miércoles, 10 de octubre de 2012
Estado de las cosas
Organizaciones crearon observatorio para el seguimiento de las causas penales vinculadas al pasado reciente.
La diaria - 10 10 12 - Por Lourdes Rodríguez
En los juzgados de Montevideo hay 138 causas por denuncias relacionadas a las violaciones de derechos humanos durante el terrorismo de Estado: sólo dos tienen sentencia firme. Además, hay otras 89 ingresadas en seccionales policiales que no están registradas en las sedes penales.
Once organizaciones reunieron información de cada caso, elaboraron indicadores que permitan contextualizar el proceso de desarchivo, estado y evolución de los expedientes, y la sistematizaron para el acceso público.
71% de las causas está en presumario y 9% en sumario, es decir, hay una sentencia a consideración de Apelaciones o la Suprema Corte de Justicia. Según los datos del Observatorio a los que accedió la diaria, hubo 24 procesamientos. Uno fue por complicidad en homicidio especialmente agravado; uno por encubrimiento; uno por homicidio y uno por coautor de desaparición forzada en reiteración real; nueve por homicidio muy especialmente agravado y 11 por coautoría de homicidio muy especialmente agravado.
El sistema del Observatorio hace posible, entre otras cosas, obtener detalles del expediente, por ejemplo en qué juzgado se encuentra, el tipo de delito invocado por el denunciante. La mayoría de las causas son tramitadas en los juzgados de 7º turno (37) y 1º turno (19), a cargo de Mariana Mota y Juan Fernández Lecchini, respectivamente.
La base de datos abarca el período 1981-2012. En 1985 y 1986 hubo un pico de denuncias (46) previo a la aprobación de la Ley de Caducidad, y otro en 2011 (26), cuando la eventual prescripción de los delitos cometidos en dictadura dominaba el debate político y jurídico.
La información también está organizada en tres partes: 1981-1986 sin Ley de Caducidad, 1987-2004 con esta norma vigente durante los gobiernos blancos y colorados, y 2005-2012 con una aplicación diferente de la ley que posteriormente quedará sin efecto. Según el comparativo elaborado por el Observatorio, el período con menos denuncias fue el segundo (32); en los otros hubo 51 y 55, respectivamente.
Para su elaboración se utilizaron cuatro fuentes: los archivos de Familiares y el PIT-CNT, un informe del fiscal Ariel Cancela, integrante de la secretaría de Derechos Humanos de Presidencia, y la respuesta de la Suprema Corte de Justicia a un pedido de informe del diputado Víctor Semproni. Al no ser documentos hechos para un registro de datos, hubo dificultades como expedientes sin fecha clara de inicio o la diversidad de criterios para caratular. Raúl Olivera, integrante del Observatorio por el PIT-CNT, explicó a la diaria que esto es un “mapa provisorio” y que su perfeccionamiento continuará
mientras se abran más fuentes de información. “En esa medida será una herramienta que contribuirá al monitoreo de los resultados del cumplimiento de la sentencia [de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el caso Gelman] y a perfeccionar la identificación de obstáculos”, señaló.
Las organizaciones que integran el Observatorio son Familiares, PIT-CNT, HIJOS, Crysol, ONAPJU, Fundación Mario Benedetti, SERPAJ, IELSUR, Mesa Permanente contra la Impunidad, Pro Derechos y Colectivo Denunciantes de Octubre de 2011.
Así las cosas
En febrero de 2011, la sentencia de la Corte Interamericana por el caso Gelman vs Uruguay puso de manifiesto responsabilidades y obligaciones del Estado en este tema. En junio el Ejecutivo revocó todos los actos administrativos por los cuales había determinado el amparo de casos en la Ley de Caducidad.
En octubre se sumaron 105 denuncias en seccionales policiales en los días previos a la entonces probable prescripción. El 26 de ese mes, luego de un intento fallido y varias idas y venidas, el Parlamento dio sanción definitiva a una ley que evitó los efectos de la prescripción a partir de ese 1º de noviembre y derogó la Ley de Caducidad.
Estos hechos cambiaron el escenario, principalmente, propiciaron un proceso de desarchivo de antiguas causas que estaban paralizadas. Ni el Poder Judicial, en tanto receptor de las denuncias, ni el Ejecutivo tienen información clara ni sistematizada que permita agilizar este proceso. Además, en el sistema penal uruguayo la víctima no tiene participación activa en el proceso, sin embargo, es esta misma o su entorno la que, en estas causas, realizan la investigación.
“La antigüedad de la mayoría de las causas, el tiempo transcurrido de los hechos que se denuncian y la falta de esa acción proactiva desde los distintos niveles del Estado tornan imprescindible, además de realizar un seguimiento de las causas, establecer una suerte de ‘centralidad’ de la acción de los operadores del sistema judicial que permita encarar en forma adecuada el encare de conductas que escapan a aquellas a las que están acostumbrados los juzgados penales. Sin una visión en ese sentido, superada la impunidad jurídica, caeremos en la impunidad fáctica”, reza el documento oficial del Observatorio Luz Ibarburu.
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miércoles, 3 de octubre de 2012
Mil palabras
Reclusión en la ESMA de uruguayo desaparecido en Argentina en
1977 verificada al reconocerlo en una exposición de fotos en su ciudad.
La Diaria 3 10 12 Por Lourdes Rodríguez
El lunes de nochecita se inauguraba en Mercedes la muestra
itinerante Fotos sacadas en y de la ESMA, del argentino Víctor Basterra, que
concurrió al lugar. En ese contexto, el periodista local Aldo Difilippo
reconoció, entre las imágenes de detenidos en ese centro de tortura, una foto
de Luján Sosa, mercedario desaparecido en Argentina en 1977. Eso reveló uno de
los paraderos de Sosa, cuyas circunstancias de detención prácticamente se
desconocen, y disparó elementos para seguir investigando.
Basterra estuvo secuestrado en la Escuela Superior de
Mécanica de la Armada (ESMA) entre agosto de 1979 y diciembre de 1983 por su
militancia peronista. Mientras estuvo preso fue obligado a confeccionar
documentación falsa para los represores y con ese fin debió tomar fotografías,
de las que guardó copias. También se las ingenió para retirar de forma
clandestina parte de dos negativos de fotos que los militares habían tomado a
detenidos desaparecidos que pasaron por la ESMA.
Con el apoyo del Instituto Espacio para la Memoria de
Argentina, este archivo se convirtió en una muestra itinerante que fue donada
al Museo de la Memoria. Allí estará disponible desde el fin de semana, pero
antes pasará por Carmelo y Maldonado. La inauguración tuvo lugar el lunes en la
sede de la AEBU de Mercedes. La foto en la que el periodista identificó al uruguayo
tenía una inscripción que decía: “¿Sosa? Detenido desaparecido”.
Luján Sosa vivía en Argentina: militaba en Montoneros y
trabajaba en la imprenta Edmar. Fue secuestrado el 23 de abril de 1977 en la
vía pública por personas armadas vestidas de particular que se identificaron
como policías. Tenía 19 años.
De acuerdo a Investigación histórica sobre detenidos
desaparecidos, fue llevado a la pensión donde vivía con las manos atadas con
alambre y allí le comunicaron a la dueña del lugar que “lo borrara del libro de
huéspedes”, que retirarían todas sus pertenencias y que “no lo verían más”.
La información que manejaron sus familiares es que fue
recluido en un centro clandestino que funcionó como base operativa del grupo OT
18 (Operaciones Tácticas), después del cierre de Automotores Orletti. La
fotografía de Sosa que Basterra logró rescatar evidencia su paso por la ESMA.
“Lo que llama la atención es que la foto está fechada en 1979, dos años después
de su detención, así que su historia es más larga de lo que se conoce”, apuntó
Difilippo.
La familia de Sosa vive en José Enrique Rodó, en Soriano, a
80 kilómetros de Mercedes, y anoche recién estaban “procesando” esta noticia.
“Siempre lo buscamos, incluso en la clandestinidad. Mi madre [Chela Valdez]
siempre ha estado estudiando documentos, viajando a Buenos Aires, poniendo su
foto en todos lados, enviando cartas a Cruz Roja, al exilio, a las
embajadas...”, enumeró en diálogo con la diaria Marbey Sosa, hermano de Luján.
Durante la jornada de ayer, los integrantes de la Comisión de
Memoria y Justicia contra la Impunidad de Mercedes encargados de la
inauguración de la muestra fotográfica trabajaron para confirmar que la persona
de la foto sea efectivamente Sosa. Lilián Ohaco fue una de las personas claves.
“No hay dudas de que es él”, afirmó a la diaria. Ohaco, oriunda de Mercedes, se
fue a vivir a Buenos Aires a principios de los 70 “con una mano atrás y otra
adelante” en busca de oportunidades laborales.
En ese contexto, compartió con Sosa y otros uruguayos el alquiler
de dos casonas en diferentes barrios porteños hasta fines de 1976. Luego Sosa
se mudó a la pensión cerca de la que fue secuestrado. Ohaco ya estaba de
regreso en Mercedes cuando se enteró de la desaparición de Sosa. “Era un
muchacho encantador, sano. Le encantaba la música”, recordó.
Uno de los referentes de la comisión, Sergio Frantchez,
explicó a la diaria que los fragmentos de negativos rescatados por Basterra
fueron dos. En uno había 12 fotos y en el otro tres. Una de éstas pertenecía a
Sosa y otra a un sobreviviente que vive en Argentina y que ha trabajado
estrechamente con el Instituto Espacio para la Memoria. Allí están puestas las
expectativas ahora.
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Luis Michel Ceballos
Identifican a nueva víctima uruguaya del Cóndor en Buenos
Aires
El militante desconocido
Brecha 28 9 12 - Por Samuel Blixen
La identificación de otra víctima del Cóndor confirma la
existencia de un centro clandestino de detención en Buenos Aires para la
tortura de ciudadanos extranjeros, anterior a Automotores Orletti.
La denuncia sobre el asesinato de un militante del Partido
Comunista Revolucionario (PCR), ocurrido en Buenos Aires en diciembre de 1975 y
del que no existía noticia, permite reconstruir la historia de la represión de
la dictadura uruguaya contra esa agrupación, que se inició en Montevideo en
1973 y se prolongó hasta 1978 cuando los últimos militantes secuestrados en
Buenos Aires fueron trasladados hasta La Tablada, donde desaparecieron
definitivamente.
Luis Michel Ceballos, de 21 años, cuyo cuerpo presentaba una
veintena de impactos de bala, fue ejecutado en un subsuelo de un hasta ahora
desconocido centro clandestino de detención de la Policía Federal, donde muy
probablemente fueron recluidos, interrogados, torturados y asesinados algunos
de los uruguayos secuestrados en Buenos Aires antes de la instalación de
Automotores Orletti, el centro de operaciones de los represores del Plan
Cóndor.
Ceballos, un estudiante que militaba en el liceo número 8,
donde en agosto de 1972 fue asesinado Santiago Rodríguez Muela, decidió
refugiarse en Argentina a principios de 1975 para evitar la reiteración de
periódicas detenciones, a pesar de ser menor de edad.
Su vinculación a las
Brigadas Rojas y al PCR era “periférica”, según confirmaron ex militantes de
ese grupo político, pero mantenía una relación personal con Carlos Federico
Cabezudo, un militante de ese partido secuestrado en Buenos Aires en diciembre
de 1977, y cuya presencia en La Tablada, Uruguay, fue confirmada por
testimonios de prisioneros sobrevivientes.
A comienzos de diciembre de 1975, Ceballos, que se había
integrado a la estructura de los exiliados del PCR en Argentina, viajó
fugazmente a Montevideo con documentos falsos para ver a su madre, gravemente
enferma. Retornó a Buenos Aires, donde trabajaba como zapatero.
Semanas más
tarde, su hermana, Susana, recibió una llamada telefónica anónima, urgiéndola a
que se trasladara a Buenos Aires porque su hermano estaba “muy grave”; le
dieron un número telefónico para que se contactara en cuanto llegara.
Sospechando que su hermano había muerto, Susana viajó el 1 de
enero de 1976 en compañía de su madre y su otro hermano, y al día siguiente
concurrió a lo que supone era la morgue. Un funcionario, que no se identificó,
le pidió que reconociera el cuerpo de un joven. Susana se descompuso y el
funcionario le evitó el reconocimiento directo: le mostró numerosas fotos que
guardaba en una carpeta de color verde.
Michel Ceballos presentaba heridas de
bala en el cráneo, en el tórax y en el abdomen, según consigna el documento del
Registro de Estado Civil de la Municipalidad de Buenos Aires. Nadie le informó
a Susana sobre las circunstancias de la muerte de su hermano, pero en el
momento en que reconocía las fotografías alcanzó a leer la carátula de la
carpeta: “Ocho muertos. Un herido grave. Nosiglia”.
El funcionario señalaba con
una lapicera las heridas que aparecían en las fotos del cuerpo desnudo de
Michel: “23 orificios de bala, no sufrió nada”, dijo el funcionario, quien le
entregó una tarjeta de una empresa fúnebre, alertándola de que no contratara a
ninguna otra porque esa empresa –Canning, según recuerda– era la única
autorizada.
Según relató a Brecha, Susana Ceballos recibió días después
la visita de Carlos Cabezudo, quien desde 1973 se encontraba clandestino en
Argentina: “Me recomendaba que no regresara a Montevideo, pero en ningún
momento me explicó qué había pasado con mi hermano; deduje que Michel militaba
con Cabezudo”.
GALERÍAS PACÍFICO
A su regreso a
Montevideo, Susana Ceballos recibió por correo una copia del certificado de
defunción de su hermano. El documento contenía una valiosa información que no
había sido explotada hasta ahora, y que vino a confirmar una denuncia
presentada por un ciudadano portugués, en febrero pasado, en la megacausa del
Plan Cóndor, que instruye el juez federal Daniel Rafecas.
![]() |
Santana. Foto de Elina Gilmet |
Arturo
Santana, realizador de televisión, había sido detenido en marzo de 1976,
requerido por su condición de militante montonero. Santana permaneció varios
días en un centro de tortura, que él presumía que estaba en un lugar céntrico
de Buenos Aires y que tenía tres subsuelos, uno donde se habían acondicionado
celdas precarias, y un tercero donde se realizaban ejecuciones, a estar por las
ráfagas y disparos que oían los detenidos.
Recién en 1987 Santana logró identificar el lugar donde
estuvo detenido antes de ser trasladado a Campo de Mayo. Tal como relató a
Brecha, en su condición de director de fotografía participaba ese año de la
realización de una producción para la televisión: Ciudad de los pobres
corazones, sobre el álbum de Fito Páez y
dirigida por Fernando Spiner, que se filmaba, en parte, en un edificio de la
avenida Córdoba, entre Florida y San Martín, que acababa de ser declarado
monumento histórico.
Los dibujos de las baldosas del piso le trajeron a Santana
ciertos recuerdos y al recorrer los subsuelos encontró en las paredes rastros
del lugar donde había permanecido detenido en marzo de 1976.
El realizador
hizo una denuncia judicial pero ésta fue archivada. Posteriormente el edificio
sufrió importantes modificaciones cuando el gobierno de Carlos Menem autorizó
su enajenación para su conversión en un centro comercial, las famosas Galerías
Pacífico, que tomó el nombre de las dependencias que allí habían funcionado,
las del Ferrocarril al Pacífico, que compartían espacios con la
Superintendencia de Policía Ferroviaria y con Coordinación Federal.
En
febrero pasado Santana inició una querella y en abril solicitó a la justicia
“libre oficio a la Policía Federal para que responda si en el 76 operó desde
ese señorial edificio una delegación, comisaría o dependencia de esa
fuerza” y si allí funcionó un polígono
de tiro. El ciudadano portugués presume que en aquel edificio la policía
interrogaba y recluía a extranjeros, porque eran de esa condición todos los que
fueron trasladados desde allí a Campo de Mayo.
La
denuncia de Santana coincide parcialmente con una afirmación del entonces
fiscal de la Cámara Federal Luis Moreno Ocampo sobre la existencia, en las
dependencias de la Policía Ferroviaria, de un centro clandestino de detención
que había funcionado entre 1977 y 1981 perteneciente al circuito ABO
(Atlético-Banco-Olimpo) bajo la tutela del general Guillermo Suárez Mason, por
entonces jefe del Primer Cuerpo de Ejército. El testimonio de Santana adelanta
la fecha de funcionamiento de ese centro de tortura a marzo de 1976.
Sin
embargo, en el proceso de confirmación de la existencia de un centro
clandestino de torturas hasta ahora desconocido, se convirtió en un elemento
clave la partida de defunción en poder de Susana Ceballos. El documento detalla
que la muerte de Luis Michel Ceballos ocurrió “en el interior de la finca sita
en Córdoba 652 el 30 de diciembre de 1975 a las 16 horas”. El documento está
firmado por el oficial del Registro de Estado Civil César Gutiérrez Eguía,
según certificado médico de Mario Sebastián Rosenfeld.
Al
recolectar los elementos para el inicio de una querella ante la justicia
argentina por el asesinato de su hermano, Susana Ceballos hizo protocolizar el
acta de defunción que había recibido por correo y, en compañía de la militante
de derechos humanos Lile Caruso, concurrió a la dirección donde, según el
documento, habían matado a Luis Michel. Ambas confirmaron que en Córdoba 652
radican las Galerías Pacífico. Simultáneamente, la publicación de una
entrevista a Arturo Santana, en la edición de Página 12 del 14 de agosto pasado,
permitió confrontar el testimonio del ciudadano portugués con la prueba
documental.
La
confirmación de la existencia de un centro operativo en el microcentro de
Buenos Aires donde confluían detenidos extranjeros constituye una pista para
determinar dónde fueron interrogados y torturados, por personal policial y
militar uruguayo, algunos de los exilados desaparecidos o asesinados antes de
la inauguración, en junio de 1976, del centro clandestino Automotores Orletti.
Hasta
ahora ningún organismo oficial, argentino o uruguayo, consignaba el nombre de
Luis Michel Ceballos como víctima de la coordinación represiva del Río de la
Plata, en parte porque sus familiares habían postergado la denuncia. Pero en
otros casos de uruguayos desaparecidos ocurridos en los primeros meses de 1976
las informaciones son en extremo parciales: Nebio Melo Cuesta y Winston
Mazzuchi, ambos integrantes de la dirección del PCR, fueron detenidos el 8 de
febrero de 1976 en un bar de la estación Belgrano por personas de particular
que se identificaron como personal de Coordinación Federal; ambos permanecen
desaparecidos y no se sabe a donde fueron trasladados.
El 5 de abril de 1976
fue detenido Ary Cabrera, militante del PVP, fue secuestrado el 17 de abril de
1976 junto a Telba Juárez, cuyo cuerpo apareció dos días después en la
localidad de Barrancas. Hugo Gomensoro Josman – cuyo hermano Roberto fue
asesinado en Paso de los Toros- fue detenido junto con su compañera María del
Rosario Vallarino el 30 de abril; conducidos a un centro de torturas, María del
Rosario fue liberada días después; el cuerpo de Hugo fue allado en aguñas del
Río de la Plata un mes después.
Finalmente, el 18 de mayo de 1976 fueron
secuestrados Rosario Barredo, William Whitelaw, Zelmar Michelini y Héctor
Gutiérrez Ruiz; sus cuerpos aparecieron dos días después en el interior de un
auto abandonado. Nunca se supo dónde fueron torturados y asesinados.
Las
decenas de uruguayos detenidos a partir de 1976 fueron todos recluidos en
Automotores Orletti hasta que ese centro clandestino fue cerrado a finales de
ese año. La existencia de un centro donde ahora funcionan las Galerías Pacífico
destinado a prisioneros extranjeros podría revelar dónde operó el Cóndor antes
de Orletti.
La represión contra el
PCR
El “PETISO” Nebio Melo y el “PELADO” Winston Mazzuchi fueron
secuestrados el 8 de febrero de 1976, un mes después del asesinato de Luis
Michel Ceballos, por una patota que irrumpió en el bar Tala de la Estación
Belgrano C. Melo y Mazzuchi eran Militantes del PCR, al igual que Ceballos;
pero a diferencia de éste, aquellos nunca aparecieron.
Unos
días más tarde, otra patota de unos 15 hombres fuertemente armados que se
movilizaban en autos Ford Falcon y que se identificaron como de Coordinación
Federal, allanaron la vivienda donde dos meses antes había residido Nebio Melo
junto a su esposa y su pequeña hija. Los nuevos inquilinos de la casa
formularon una denuncia en la comisaría de la zona. El comisario dijo
desconocer el operativo y luego de unas consultas informales les dijo que no se
preocuparan, que no había nada contra ellos. Y agregó: “Debe de tratarse de un
grupo de uruguayos que andan jodiendo”.
La
convicción de que, por regla general, los operativos en Buenos Aires contra
refugiados uruguayos eran protagonizados por personal de la OCOA y del SID,
policías y militares que se trasladaban a Argentina, termina siendo confirmada,
tarde o temprano con el surgimiento de pruebas.
En el
caso de la represión contra militantes del PCR refugiados en Buenos Aires,
documentos recientemente conocidos revelan que, precisamente por las fechas en
que fue asesinado Ceballos y desaparecidos Melo y Mazzuchi, estaba presente en la
capital argentina un capitán de caballería que en 1973 –y probablemente antes-
tenía como objeto prioritario de sus accionar la represión contra militantes
del PCR.
La
presencia en Buenos Aires del capitán Juan Carlos Gómez no habilita afirmar que
estuvo involucrado en el asesinato y las desapariciones mencionadas. Pero su
historial permite sospechar algún tipo de participación. Numerosos testimonios
indican que Gómez tuvo participación activa en las torturas a las que fueron
sometidos muchos prisioneros recluidos en el cuartel del Regimiento 6 de
Caballería; también se presume que participó en los interrogatorios a que fue
sometido a finales de 1974 Luis Eduardo González González, hasta hoy
desaparecido.
Pero el
hecho por el que está procesado y recluido en la cárcel de Domingo Arena es el
asesinato de Roberto Gomensoro Josman. Según el testimonio de varios testigos,
Gómez fue quien directamente asesinó a Gomensoro en la unidad militar de Paso
de los Toros. Por ese hecho también está procesado José Nino Gavazzo.
El
cuerpo de Gomensoro fue encontrado en el lago artificial de la represa de
Rincón del Bonete por unos pescadores del lugar. Estaba envuelto en una malla
de alambre que sostenía piedras. Fue enterrado en el Cementerio de Paso de los
Toros como NN pero la cabeza fue conservada por el médico policial que realizó
la autopsia. Muchos años después un estudio de ADN confirmó que el cráneo
correspondía a Gomensoro, pero no pudo verificar la identidad del cuerpo
sepultado porque, curiosamente, cuando el caso comenzó a ser ventilado, las
tumbas fueron profanadas y los restos de aquel cuerpo hallado en el lago
desaparecieron.
La
justicia procesó al hoy coronel Gómez, que permanece recluido pese a que,
recientemente, el ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, difundió
su convicción de que Gómez es inocente en el caso Gomensoro, quien habría sido,
a su juicio, asesinado en una unidad de Montevideo.
Si
finalmente se inicia una investigación sobre los muertos y desaparecidos del
PCR, quizás pueda determinarse qué hacía el entonces capitán Gómez en Buenos
Aires a fines de 1975 y comienzos de 1976.
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jueves, 27 de septiembre de 2012
Las confesiones de Gavazzo
Mi lucha
Montevideo Portal. 27.09.2012
El teniente retirado José Gavazzo escribió un libro
autobiográfico que saldrá a la venta en los próximos días. En él reconoce que
aplicó apremios físicos porque "son inevitables en tiempos de guerra"
y admite que "apretó el gañote" a presos porque había que obtener
información rápidamente. Criticó a Sara Méndez por "reclamar como madre lo
que había perdido como terrorista", en relación a su hijo Simón.
"José Nino Gavazzo: Mi testimonio", es el nombre
del libro autobiográfico que el teniente coronel retirado José Gavazzo
publicará en los próximos días a través de Artemisa. El semanario Búsqueda
accedió a un adelanto del libro de 634 páginas, destacando en especial algunos
fragmentos del capítulo dedicado a los apremios físicos en la época de la
dictadura.
Gavazzo reconoce en ese capítulo que "apretó el
gañote" e hizo lo necesario parta conseguir la información de presos
detenidos. El militar asegura que "los años de silencio autoimpuesto por
las Fuerzas Armadas de poco han servido para consolidar una paz duradera y
auténtica, y por el contrario han contribuido a crear un clima de
'culpabilidad'' sobre muchos que lo único que han hecho, como yo, fue cumplir
con el deber y defender a nuestros conciudadanos demócratas y republicanos de
otros que no s querían imponer un régimen dictatorial similar al entonces
vigente en los países del bloque comunista".
El militar, procesado en el 2006 por delitos de
"homicidio muy especialmente agravado", estuvo "frente a la boca
de los fusiles del enemigo mientras rebotaban alrededor". "Tuve
suerte: ninguna dio en el blanco. A la inversa, también tuve a esos enemigos en
la mira de la cabina y alguna vez herí a alguno", dijo.
Gavazzo explica que al detener a un integrante de la
guerrilla, "el factor tiempo se tornó un elemento básico para poder
obtener información del prisionero que permitiera llegar a los integrantes del
resto de la célula antes de que se percataran de lo sucedido", según los
adelantos de Búsqueda.
Entre los detenidos, "la mayoría (...) se doblegaba de
inmediato, lo que nos permitía seguir su cadena de contactos". "Las
mujeres eran mayoritariamente y en todos los aspectos mucho más duras de
carácter y de comportamiento más inteligente que los hombres (...) Los obreros,
absolutamente minoritarios en las organizaciones terroristas, eran por lejos
más concientizados e inteligentes que los estudiantes".
Apremios
El militar excusa el hecho de haber aplicado apremios físicos
al aclarar que "una demora en la obtención de la información podía haber
significado la pérdida de una o más vidas humanas".
Luego compara la situación con la de un padre al que le
secuestran un hijo, al que van a matar, y tiene la oportunidad de sacar la
información a uno de los secuestradores. "¿Qué hace usted? ¿Se comporta
éticamente en forma correcta y deja que su hijo muera o agota cualquier medio
para que ese hombre le diga la forma de salvar la vida de su hijo?",
inquiere al lector.
"Si usted, señor lector, me responde que no le salta
arriba al secuestrador y le aprieta el gañote hasta que le diga dónde encontrar
a su hijo, permítame decirle respetuosamente que no le creo, o que su sangre no
es tal, sino sólo horchata". En esos momentos de la sociedad
"agredida por las bombas y balas terroristas", Gavazzo, como
integrante de las Fuerzas Armadas "tenía la responsabilidad legal,
constitucional y moral de velar por todos esos hijos de desconocidos
conciudadanos".
"La primera obligación fue sin dudas que ese terrorista
nos dijese donde estaba ese hijo secuestrado y así poder salvarlo de una muerte
segura. Yo procedí así, ya que el primero de los derechos humanos es el derecho
a la vida y sin el mismo los demás dejan de tener sentido de existir",
agrega en su libro.
El militar trata de mentirosos, cobardes e hipócritas a los
magistrados "que ocultan la verdad" y "por supuesto sus
cómplices encubiertos, los integrantes de ex organizaciones terroristas, hoy
convertidos en testigos y denunciantes". "Y a los integrantes del PVP
traídos por mí desde Argentina, les agrego que son unos desagradecidos
relucientes de una gran pobreza de espíritu".
Gavazzo aclaró que a los presos que por cobardía entregaron a
sus compañeros "jamás hubo que apretarles el gañote, ya que su voluntaria
colaboración lo hacía innecesario". "Fueron muchos más de los que
comúnmente se piensa los Amodio Pérez o las Pilar Nores", dice al respecto
de aquellos que daban información a cambio de beneficios.
"Ni yo ni ningún camarada apretamos el gañote por o con
placer a nadie. Fue una desagradable necesidad de la guerra", sentencia,
agregando que métodos más cruentos fueron usados en la revolución mexicana o
comunista. "Yo apreté a algunos enemigos de entonces, pero lo hice para
prevenir el mal mayor, como un cirujano que corta una pierna gangrenada",
afirma.
Finalmente, asegura que todas las personas detenidas, salvo
María Claudia García de Gelman, integraban organizaciones subversivas y
terroristas, criticando a Sara Méndez, que "prefirió ser terrorista antes
que madre y luego pretendió reclamar como madre lo que perdió como
terrorista"
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jueves, 13 de septiembre de 2012
La memoria en Chile
Página 12 – 13 9 12 - Por Mercedes López San Miguel
Desde Santiago, Chile.
Frente al parque Quinta Normal, de Santiago, se levantó un edificio revestido de vidrio cuya forma se parece un poco a un triángulo. Al lugar se llega en subterráneo y de hecho el terreno había sido pensado para una estación de subte. Pero el proyecto de la socialista Michelle Bachelet pudo más: acá se inauguró un espacio para la memoria colectiva en enero de 2010.
Dos amplias escalinatas permiten descender a la puerta del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. En estos dos años, miles de jóvenes lo han visitado cada día, una generación que no había nacido cuando sucedieron los hechos que narra el museo.
En 2011, de las 21.323 personas que pasaron por el museo en visitas guiadas, un 49 por ciento eran estudiantes. “Uno de los desafíos que enfrentábamos era atraer a un público joven y eso ha sucedido con éxito”, dirá Marcia Scantlebury, quien estuvo encargada del proyecto y fue ella misma, al igual que la ex presidenta Bachelet, víctima y sobreviviente del terrorismo de Estado chileno.
Comenzamos la recorrida a partir de la obra Geometría de la conciencia, de Alfredo Jaar. Tras bajar una escalera a un costado del edificio principal, la joven guía pregunta: “¿Alguien le tiene fobia a la oscuridad?”, y ante la negativa del grupo de unas quince personas señala una puerta por la que habrá que pasar.
Adentro está oscuro. La primera sensación es de encierro. Sólo se oye la respiración de los otros. Nadie habla. Minutos después se enciende la luz y en una pared se ven siluetas de rostros recortadas en un fondo negro. Muchas siluetas blancas de caras sin facciones que se multiplican a lo largo y ancho de la pared. Se vuelve a apagar la luz. El tiempo parece aquietarse.
La guía comenta que el artista busca activar la memoria a través de la luz y que en total hay 500 siluetas, de las cuales la mitad son de detenidos desaparecidos, hechas con fotografías que están en el museo.
A la salida, la guía –que por su edad no vivió en los tiempos de dictadura– pregunta qué se sintió hace unos minutos. Un joven chileno dice: “Una sensación hacia el infinito”. Una chica a su lado dice: “Falta de aire”. Pienso que son estos jóvenes chilenos de menos de 30 años los que no sólo indagan sobre la historia de su país, también exigen una educación gratuita. Fue la dictadura la que privatizó la enseñanza. Más de la mitad de la población no había nacido cuando se violaron los derechos humanos durante un largo período, entre el 11 de septiembre de 1973 y el 10 de marzo de 1990.
Adentro del edificio de tres pisos, lo primero que llama la atención en la planta baja es la pared en la que están señalados los memoriales que se crearon en todo Chile, con los nombres de los desaparecidos y las fechas en las que existieron los centros de detención. En esos lugares se recuerda a las víctimas: son 3200 los desaparecidos chilenos, 39 eran menores de edad. Un total de 28.459 presos políticos, 1244 menores.
La negación y el relato mentiroso acompañaron la dictadura, por ejemplo, cuando cambió la dirección del centro de torturas ubicado en la calle Londres 38: si ese número se convertía en el 40, desaparecía el escenario de tormentos y muerte. Por eso es que se alzó un memorial en el número 38, en pleno centro de la capital.
En el primer piso el recorrido se vuelve audiovisual: en varias pantallas hay imágenes en blanco y negro del bombardeo al Palacio de La Moneda, con las últimas palabras grabadas de Salvador Allende sonando de fondo. Era el 11 de septiembre de 1973 y comenzaba un período siniestro en la historia de los chilenos. Entre las imágenes documentales me impactó una en particular: una mujer llora a la orilla del río la muerte de su hijo. Los militares de Pinochet mataban y arrojaban los cuerpos al río Mapocho como los militares argentinos lo hacían desde aviones al Río de la Plata.
En el caso de los museos que se sitúan en espacios físicos donde tuvieron lugar las prácticas brutales y represivas es posible encontrar huellas y marcas de lo sucedido, como en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en Buenos Aires, hoy convertida en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.
En el caso del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, son los objetos –cartas, fotos, videos, artículos de periódicos– y los testimonios grabados los que dan cuenta del pasado. Por eso, en la larga pared donde se exponen las fotos de las víctimas aún cuelgan marcos vacíos, que interpelan al visitante a preguntarse por los que todavía no están identificados. Es inevitable mirar los marcos vacíos iluminados desde abajo con velas y sentir emoción.
A lo largo de uno de los pasillos aparece material de la prensa de la época. Muchos diarios fueron censurados y los que pudieron publicar, que siguen siendo los principales medios impresos hoy en Chile –La Tercera, El Mercurio y La Segunda (del mismo grupo que El Mercurio)– ejercieron la autocensura y respaldaron activamente a la dictadura.
“Exterminados como ratones”, tituló La Segunda la noticia de que militantes comunistas, socialistas y de la guerrilla MIR “fueron muertos en el extranjero”. Se trató de la Operación Colombo, en la que la dictadura mató e hizo desaparecer a 119 personas. El 13 de septiembre de 1973, El Mercurio titulaba “Junta Militar controla el país” en portada, y más abajo un titular decía: “Un cuantioso armamento se encontró en La Moneda”. Ese medio destacaba en tapa dos días después: “Unidad Popular Pensaba Liquidar a las FF.AA”. Y en la bajada se completaba la información: “Diez mil extremistas extranjeros en Chile”.
En una parte del recorrido por el museo aparecen varias pantallas chicas con los testimonios de los abusos, torturas y violaciones que padecieron y denunciaron los sobrevivientes de centros clandestinos. Un hombre cuenta que de tanto ser apaleado no podía caminar. Una mujer recuerda los gritos de otros presos como de animales. Otra dice que su cuerpo ya no le pertenecía, que estaba como enajenado. Los casos están detallados en los informes de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (1991), la Corporación de Reparación y Reconciliación (1996) y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (2004).
Debajo de las pantallas hay un catre sin colchón y en una de sus patas está apoyada una picana que se usaba en los interrogatorios. Varias mujeres que estaban embarazadas al momento de ser detenidas perdieron sus bebés por las torturas. En total fueron 229 las embarazadas detenidas. A la guía le pregunto si en Chile hubo robo sistemático de bebés. Ella contesta escuetamente que no, que no sucedió como en Argentina. “En Chile no existió el rapto o robo de menores de sus padres como mecanismo sistemático de represión” me dirá más tarde Francisco Ugas Tapia, jefe del área jurídica del Ministerio del Interior.
Después pasamos por un sector dedicado a los niños cuyos familiares fueron secuestrados. En la pared está pegada la carta manuscrita que una nena de nueve años le escribió a la esposa de Pinochet. “Lucía Hiriart, usted que es una persona buena, ¿podría devolverme a mis abuelitos?”. La nena vio cómo se llevaban a los golpes a sus abuelos, cuenta la guía ante la mirada en silencio de los jóvenes visitantes.
Los chilenos veinteañeros de hoy, que son hijos y nietos de los que vivieron la dictadura y la transición a la democracia, no temen saber. Son los que visitan a diario este paseo por la memoria porque, en el fondo, este museo fue hecho para ellos.
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martes, 4 de septiembre de 2012
En busca de "la tumba del ómnibus"
NUEVA ZONA DE EXCAVACIÓN EN EL BATALLÓN 14
Caras y caretas - 31 8 12
En busca de la ‘tumba del ómnibus’
Se pidió al juez penal de 2° turno, Pedro Salazar, que autorice una nueva etapa de búsqueda. Las excavaciones se llevarán a cabo en un área señalada por testigos, denunciada por investigaciones periodísticas y en donde un comparativo de fotos aéreas desde 1966 confirma llamativas modificaciones del terreno. Se cree que en esa zona del campo de Vidiella pueda encontrarse la ‘tumba del ómnibus’, una fosa común en la que estarían las víctimas del segundo vuelo de Orletti, cuyos cuerpos no habrían sido exhumados en la denominada ‘Operación Zanahoria’.
TEXTO: ROGER RODRÍGUEZ / rogerrodriguez@adinet.com.uy
El equipo de técnicos a cargo del arqueólogo José López Mazz comenzará en los próximos días las excavaciones en un área del Batallón 14 de Infantería de Toledo, donde la existencia de múltiples testimonios sobre enterramientos abre nuevas expectativas en el eventual hallazgo de restos de detenidos desaparecidos durante la dictadura uruguaya.
En la nueva zona de trabajo –a trescientos metros de donde aparecieron los cuerpos de Julio Castro y Ricardo Blanco– se podría encontrar la ‘tumba del ómnibus’ donde habrían sido inhumados los pasajeros del llamado ‘segundo vuelo’ provenientes del centro clandestino de detención conocido como Automotores Orletti, que funcionó en Buenos Aires.
La búsqueda de esos restos se produce exactamente diez años después de que se hiciera público que militantes del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP) que habían sido secuestrados en Argentina en setiembre de 1976 y continuaban desaparecidos estuvieron detenidos en el centro de torturas Automotores Orletti y fueron trasladados a Uruguay el 5 de octubre de ese año en el vuelo 511 del Transporte Aéreo Militar Uruguayo (TAMU), piloteado por los mayores Walter Pintos y José Pedro Malaquín (comandante en jefe de la Fuerza Aérea en el momento de la publicación de la denuncia).
La causa del ‘segundo vuelo’ fue instruida por el juez penal de 19° turno, Luis Charles, quien seis años atrás, el 11 de setiembre de 2006, ordenó el procesamiento con prisión de los militares José Gavazzo, Jorge Silveira, Ernesto Ramas, Gilberto Vázquez, Luis Maurente y Ricardo Arab y de los policías Ricardo Medina y José Sande, por los delitos de privación de libertad y asociación para delinquir, que se contextualizaron en el marco de la coordinación represiva conocida como Plan Cóndor. Charles, quien actuó con la fiscal Mirtha Guianze, no pudo avanzar entonces en la búsqueda de los cuerpos.
SEGUNDO VUELO
El llamado ‘segundo vuelo’, que fue denunciado el 2 de setiembre de 2002 en un artículo del diario La República, concluía una indagación de prensa de dos años, mediante la cual se habían conseguido los datos que en marzo de aquel año permitieron al senador Rafael Michelini encontrar en Buenos Aires el paradero de Simón Riquelo. El 13 de junio de 1976, cuando tenía 22 días de vida, Simón había sido separado de su madre, Sara Méndez, quien junto con otros uruguayos había estado en Orletti y fue trasladada a Uruguay en un primer vuelo cuyos pasajeros fueron ‘blanqueados’ y encarcelados por las Fuerzas Armadas.
La investigación periodística sobre el ‘segundo vuelo’ (confirmado por el informe sobre desaparecidos que la Fuerza Aérea le entregó al presidente Tabaré Vázquez tres años después, el 8 de agosto de 2005), incluyó un artículo publicado el 9 de junio de 2002, en el que se denunciaba que el ‘pacto de silencio’ que mantenían los militares sobre los desaparecidos escondía la existencia de un cementerio clandestino en el que podrían encontrarse fosas comunes con los restos de aquellos uruguayos trasladados desde Orletti y asesinados en Montevideo antes de ser enterrados.
La hipótesis de una fosa común surgió a partir de los dichos de un ex represor argentino quien confirmó que la veintena de trasladados en el ‘segundo vuelo’ permanecieron vivos en una unidad militar uruguaya hasta los primeros días de noviembre de 1976, cuando se tomó la decisión de matarlos (incluso a María Claudia García, nuera del poeta Juan Gelman, quien acababa de dar a luz a Macarena). Los argentinos se molestaron por la aparición pública de los del primer vuelo y no querían más testigos. Los del segundo vuelo fueron ejecutados en grupos y no se les hicieron tumbas individuales.
CAMPO DE VIDIELLA
El lunes 17 de julio de 2006, La República brindó una versión de lo que habría ocurrido con María Claudia. Sus fuentes militares dijeron que la joven argentina fue llevada a la unidad militar de Toledo y allí ejecutada y enterrada por Ricardo Medina, Jorge Silveira y Ricardo Arab.
“Al llegar al Batallón de Infantería Paracaidista Nº 14, los esperaba su comandante, el entonces teniente coronel Regino Burgueño. Por algún motivo que se desconoce, [Juan Antonio] Rodríguez Buratti (al mando del operativo) se bajó del vehículo, que siguió viaje hacia el interior del extenso predio. No habría soportado la situación y prefirió no asistir a la ejecución”. El coronel Rodríguez Buratti se suicidó en setiembre de 2006 cuando Interpol lo detenía para su extradición a Argentina.
El informe final de la Comisión para la Paz, creada durante el gobierno del colorado Jorge Batlle, ya había incluido la versión de que varios de los desaparecidos habían sido enterrados en el Batallón 14, cercano a la localidad de Toledo. La información también se incorporó al documento sobre desaparecidos que el ex comandante en jefe del Ejército Ángel Bertolotti encomendó en 2005 a los generales Carlos Díaz y Pedro Barneix, quienes señalaron un lugar donde, dijeron, con 99 por ciento de probabilidad se encontraría el cuerpo de María Claudia. La propia Macarena estuvo en el lugar, pero el dato resultó falso.
El predio donde fue instalado el Batallón 14 pertenecía a fines del siglo diecinueve a don Federico Vidiella, y lo compró el Ejército en 1972. Al oeste del amplio campo que atraviesa la Ruta 85 se construyó el casco de la unidad militar en la que hoy se forma un grupo de elite de paracaidistas. Del lado este se dejó un paisaje agreste para utilizarlo como zona de operaciones. El arroyo Meirelles cruza de noroeste a sureste el campo de maniobras que al norte está delimitado por una vía férrea. Al este del arroyo, cerca de la vía, se hallaron los restos de Julio Castro y Ricardo Blanco.
OPERACIÓN ZANAHORIA
La existencia de una ‘Operación Zanahoria’ en la que se habrían exhumado los cuerpos de los desaparecidos fue revelada por la revista Posdata el 16 de noviembre de 1996, con la publicación de una entrevista que Diego Achard le había realizado al general Alberto Ballestrino. El militar dijo que cuando el país volvía a la democracia se encomendó al coronel Alfredo Lamy la misión de encontrar los restos y reubicarlos en un mismo lugar. Los cuerpos se pusieron en toneles de 200 litros, enterrados verticalmente con un árbol plantado encima. Ésa era la zanahoria. Entre los militares, el lugar pasó a llamarse ‘Arlington’, en referencia al cementerio de combatientes estadounidenses.
En agosto de 2006 el verborrágico coronel Gilberto Vázquez, preso entonces en la Cárcel Central por requisitoria de extradición desde Argentina y sin que aún se le condenara en Uruguay por su participación en el Plan Cóndor, confirmó la Operación Zanahoria cuando en varias cartas a varios medios de comunicación sostuvo que en 1984, por “órdenes superiores […] desenterramos entre 20 y 30 cuerpos” del Batallón 14 de Toledo. “Limpiamos todo el terreno [y] cambiamos la geografía del lugar”, subrayó el oficial del Ejército, que se afiliaba a la conveniente hipótesis de que los restos exhumados fueron cremados y las cenizas arrojadas al mar.
Gilberto Pilín Vázquez advirtió en aquellas declaraciones que aunque algún militar quisiera aportar datos, podría equivocarse. “Ni yo me ubico en ese lugar, porque cambiamos su geografía y ningún militar ubicaría realmente los puntos donde hubo enterramientos”, dijo. Aclaró incluso: “A mí me lo dijo el general [Washington] Varela [director de Inteligencia de la época], que fue Sanguinetti quien dio las órdenes para borrar las huellas [en el Batallón 14] y para que Wilson [Ferreira Aldunate] no entrara en carrera [por el sillón presidencial]“, relató el militar.
‘LOS DEL ÓMNIBUS’
Pocos días después, trascendió otra versión en la que un suboficial del Ejército que cumplió funciones en el 300 Carlos, centro de torturas ubicado en el Servicio de Material y Armamentos (SMA) a los fondos del Batallón 13 de Infantería, dijo que la veintena de militantes del PVP que fueron secuestrados en Argentina y traídos a Uruguay en octubre de 1976 en el llamado ‘segundo vuelo’ de Orletti estuvieron detenidos en aquel centro clandestino de represión antes de ser masivamente asesinados y enterrados en el predio conocido como campo de Vidiella, frente al Batallón 14.
El nuevo testimonio, obtenido por quien suscribe este artículo y publicado en el diario La República el 27 de agosto de 2006, daba cuenta de que los que habían traído desde Buenos Aires, a quienes ellos conocían como ‘los del ómnibus’ porque fueron trasladados al 300 Carlos en el micro del SMA, fueron llevados para su “disposición final” en grupos de a cuatro o cinco en una camioneta blanca Pingo que el Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA) había ‘decomisado’ ese año en el puerto de Montevideo. Se publicó entonces una imagen aérea del lugar, donde se destacaban dos focos de interés.
Los detalles de esa información fueron entregados a la Secretaría de Seguimiento de la Comisión para la Paz, en un informe en el que se explicó que el testigo (con quien se habló en repetidas ocasiones) no dudó al marcar en una foto aérea la zona en la que se habrían producido los enterramientos y detalló que la camioneta blanca, conducida por un policía que permaneció activo hasta los años noventa, ingresaba al campo de Vidiella por una huella lateral al camino principal y que la ‘tumba del ómnibus’ estaba frente a un horno de ladrillos, detrás de los espaldones de un polígono de tiro construido junto al arroyo Meirelles, cuyo curso había sido desviado (cambiando ‘la geografía’, al decir del locuaz coronel Gilberto Vázquez).
Ojos del Cielo
El ‘área de interés’ demarcada por el equipo de arqueólogos para realizar las nuevas excavaciones se concentra en el mismo lugar que había sido señalado por el suboficial del Ejército cuando marcó la llamada ‘tumba del ómnibus’. Sin embargo, aunque los investigadores reconocen que el testimonio del soldado fue retomado para realizar la planificación del trabajo, lo que más llamó les la atención de la zona fue el sorprendente hallazgo cuando efectuaron un análisis comparativo de planos aéreos tomados sobre el campo de Vidiella en los años 1966, 1982, 1985 y en la actualidad.
En la imagen aérea tomada en 1966, cuando el campo aún pertenecía a los Vidiella, se observa el agreste terreno y el curso natural del arroyo Meirelles. En la foto de 1982 (seis años después de los enterramientos del segundo vuelo), aparece un extraño lomo de tierra en un área desmalezada paralela al curso del arroyo. En la fotografía tomada en 1985 (cuando se habría producido la Operación Zanahoria), se encuentra un segundo y llamativo montículo detrás del polígono de tiro que los militares construyeron junto al arroyo, cuya modificación geográfica se observa claramente en las fotos extraídas en la actualidad de Google Earth.
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