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domingo, 8 de septiembre de 2013

Dos veces desaparecido

ADELANTO DE LOS DÍAS SIN LÓPEZ. EL TESTIGO DESAPARECIDO EN DEMOCRACIA

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A siete años de la desaparición de Jorge Julio López, Luciana Rosende y Werner Pertot reconstruyeron en un libro editado por Planeta, su vida, los secuestros que sufrió y profundizaron sobre los posibles autores del crimen.

Las gotas de lluvia golpeaban en forma rítmica el techo de chapa. De a poco, el chaparrón se había convertido en tormenta y las calles de tierra de Los Hornos ya eran pequeñas lagunas donde croaban las ranas. Con furia, las ruedas de un Falcon surcaron el charco a gran velocidad, espantando a los batracios que pudieron salvarse. Veloces en la noche, lo seguían otros autos de civil, patrulleros y hasta camiones del Ejército.

Gustavo dormía, con el sonido de la lluvia de fondo. El tic, tic, tic de las gotas mudó en los golpes feroces sobre la puerta de la casa. “¡Abra! ¡Abra o se la tiramos abajo!” 

Gustavo se acurrucó en la cama y lo miró a su hermano Ruben, que también se había despertado. Su padre se había levantado y caminaba hacia la puerta, que chasqueaba con los golpes con los que la estaban rompiendo. Se abrió y entró la noche a la casa de Jorge Julio López.

Ya había pasado la medianoche del 27 de octubre de 1976 cuando irrumpieron. Gustavo y Ruben vieron a su padre levantar las manos. Los intrusos se le fueron encima y le ataron los brazos con un alambre. Ya llorando, los pibes, de siete y once años, observaron cómo maltrataban a su madre, mientras le decían: “¡Los documentos! ¡Busque los documentos, señora!”. Ruben observó la cara de dos o tres de los hombres que destrozaban todo a su paso. A ella la hicieron entrar al cuarto de los chicos y un policía les ladró a los tres: “¡Miren a la pared, carajo! ¡Den vuelta la cara!” No pudieron ver cuando el comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz ingresó satisfecho a constatar las tareas de sus sicarios.

Si fueron unos minutos o unas horas hasta que se marcharon, el pánico les impidió saberlo. Tardaron un rato largo en salir de la pieza en la que los habían encerrado. Al trasponer la puerta, estaba la casa dada vuelta, los objetos rotos con saña, los platos sucios que habían usado para comerse todo lo que había en la heladera, la leche tirada en el piso. Y, en todas partes, la ausencia de Tito López.

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Gustavo abrió los ojos. No había un sonido en la casa. No llovía. Eran cerca de las siete y veinte de la mañana, tal vez las siete y media. La puerta del baño estaba cerrada. Gustavo se percató y pensó que su padre estaba dentro. Su madre todavía dormía. Siguió hasta la cocina y se preparó el desayuno. Tenía muchas ganas de ir al baño. Como el baño seguía cerrado, se fue al fondo de la casa, cuya puerta estaba con llave. Abrió y salió. Cuando volvió, comenzó a extrañarle la tardanza de su padre: habían pasado cerca de 20 minutos. Su madre salió de su habitación recién levantada. La cama matrimonial estaba deshecha. “¿Papi está en el baño?”, le preguntó Gustavo. Por toda respuesta, Irene pegó un grito para llamarlo. Nadie contestó. Abrieron la puerta: no había ninguna persona en el baño.

Eran cerca de las ocho de la mañana del lunes 18 de septiembre de 2006. Gustavo volvió a ir al fondo, donde su hermano Ruben tenía su taller de carpintero. Su padre tampoco estaba allí. “Seguro estaba ansioso por lo del juicio y salió a caminar un rato por el barrio y a fumarse un cigarrillo”, se tranquilizó. Tito solía salir a dar un paseo por las mañanas, aunque nunca tan temprano. Desde que se había jubilado como albañil, se levantaba siempre después que Irene, que salía a soltar a las perritas. Gustavo pensó que volvería para la hora en la que su primo Hugo iba a pasar a recogerlos a ambos para ir al centro de La Plata, a la audiencia de alegatos del juicio a Etchecolatz. Gustavo se fue a duchar y a afeitar.

Cuando salió ya le empezó a resultar más preocupante la ausencia. No sabía qué pensar. Salió a la calle, en 69 y 140, en Los Hornos. Había poca gente en las veredas. Y ni rastro de López, ni de nada que le llamara la atención. La vida del barrio seguía sin alterarse, con sus negocios que abrían en forma remolona y las señoras que salían a pasear el perro. Fue hasta la esquina, miró en todas direcciones. Nada. Lo buscó otros 15 minutos y volvió contrariado. Eran las 8.30. Hugo acababa de llegar con su camioneta F-100. “No está, papá no está”, le dijo Gustavo. Empezaron a pensar qué podía haber pasado. Estaban desorientados. A Irene le extrañó la ropa con la que había salido, que era de entrecasa. La que pensaba ponerse para el juicio había quedado en una silla, prolijamente preparada. Eso sí, se había llevado la boina que usaba siempre. “Seguro que se puso muy ansioso y se fue sin esperarnos”, propuso Gustavo. Los dos salieron hacia el centro de La Plata y dejaron la camioneta en 13 y 55.

En la entrada del majestuoso Palacio del Gobierno provincial, donde se hicieron todas las audiencias del juicio, una mujer de pelo larguísimo y blanco y uñas igual de largas fumaba un cigarrillo. Nilda Eloy estaba extrañada con la tardanza de López. Habían quedado en encontrarse a las nueve de la mañana en la puerta del edificio. Desde que lo conocía al Viejo –como le decían– siempre llegaba con mucha puntualidad. Como buen gallego cascarrabias, le molestaba la impuntualidad de los demás.

Nilda era, como López, una sobreviviente de los centros clandestinos de detención de la dictadura. Cuando apagó el cigarrillo, los vio llegar a Gustavo y a Hugo. “Mi viejo no está. No sé, capaz se vino antes”, le dijo Gustavo. Su primo, Hugo, se fue hasta la entrada por la que hacían ingresar detenido a Etchecolatz, a ver si estaba allí esperando encontrarse cara a cara con su torturador. Pero no estaba.

Mientras tanto, Nilda subió apurada las escaleras de mármol de Carrara. Tenía la imagen mental de que iba a entrar al Salón Dorado y, entre las arañas de cristal y las columnas, lo iba a ver a López sentado, esperando que todo comenzara. Tampoco estaba allí. Por las dudas, se fue hasta un puestito de sánguches y cafés que había dentro del edificio. Estaba cerrado y no había nadie. Le preguntó a varios empleados si no habían visto a un viejo con una boina. Le dijeron que no.

Cuando bajó a la entrada, Gustavo le contó que le llamaba la atención que no estuvieran las llaves –que López solía tirar por una ventanita para adentro de la casa cuando salía– y que habían visto la ropa de López en una silla. El atuendo que siempre había usado en los juicios. El buzo bordó. Por ese detalle, Nilda se empezó a angustiar. Ponerse esa ropa era una suerte de ritual que el Viejo había cumplido en todo el juicio, hiciera frío o calor. “¿Lo chuparon?”, pensó Nilda y quedó como bloqueada, sin poder reaccionar. Gustavo llamó a su madre para averiguar si había vuelto López, pero todo seguía igual. Decidió regresar a Los Hornos a hacer la denuncia en la comisaría tercera de la Policía Bonaerense.
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Beatriz Amaya se levantó como cualquier otro lunes. Lo único que tenía de distinto era que, por una vez, su marido se había encargado de llevar a su hijo a gimnasia. Ella se peinó el cabello negro y corto, se vistió y preparó las cosas de su beba, Abril, y salió por las calles de Los Hornos para ir a trabajar.

Cuando estaba llegando a 140 y 69, donde tenía su casa López, lo vio avanzando por la 140 hacia la 68. Ella, aunque iba con el cochecito de bebé, lo alcanzó fácilmente, porque Don López –como le decían sus vecinos– era de caminar lento. Iba por el cordón, casi en la vereda, y tenía un cigarrillo en la mano derecha y la izquierda en un bolsillo de su jogging azul.

Don López era amigo del padre de Beatriz y la conocía desde que había nacido. Ella siempre lo veía sentado cerca de su casa fumándose un pucho. La saludaba y le preguntaba por la casa, por la familia. Una vez la vio andando en bicicleta con la panza embarazada de Abril y la retó: “¿Qué hacés en bicicleta embarazada, nena?”. En el barrio no se sabía que López había estado desaparecido en la dictadura. La versión que había circulado sobre los años en que faltó era que estaba trabajando en otro lugar de la provincia. Otros malpensados rumoreaban que había estado peleado con su señora. Pero nunca que estuvo secuestrado, ni preso.

Esa mañana del 18 de septiembre de 2006, Beatriz lo vio a Don López con los borceguíes con los que salía a caminar y con su gorra azul. Cuando lo alcanzó, se saludaron con un “buen día”. “¿Qué tal la nena?”, preguntó él. “Muy bien”, contestó ella. En la 67 se separaron: ella dobló hacia la 141 y López siguió. Ella no observó nada extraño, todo le pareció normal. Era entre las 9.30 y las 9.45, cuando el hijo y el sobrino de López lo estaban buscando por el centro de La Plata. ¿Dónde había estado desde las siete de la mañana o antes? ¿De dónde venía?

Por la misma calle, la 140, a la altura de la 68, Oscar Mugaburo salía de una panadería cuando lo vio pasar a López. El calculó que era más temprano que lo que pudo recordar Beatriz: entre las 9 y las 9.30. Mugaburo, jubilado como López, lo conocía del barrio, pero aquel lunes no alcanzó a saludarlo. Lo vio caminando para el lado contrario, yendo hacia la avenida 66. Fueron unos segundos.

Otro jubilado del barrio que lo conocía a López, Armando Efesi, estaba en la puerta de su casa cuando lo observó pasar. Se solían avisar cuándo cobraban la jubilación sus esposas. Efesi vivía en la calle 140, entre 66 y 67. López caminaba hacia la 66. Para el vecino, era entre las 9.30 y las 10 de la mañana. Media hora más tarde de lo que habían quedado López y Nilda en encontrarse en el centro de La Plata. A las 10 empezaba la audiencia del juicio a la que López debía asistir. A las 8.45 Hugo había quedado en pasar a buscarlo.

¿A dónde iba? ¿A encontrarse con quién?

Stella Monetti tenía su kiosco en Los Hornos, sobre la calle 137, entre 66 y 67. Entre las 10 y las 10.30 –según cree recordar– estaba barriendo la vereda cuando lo vio pasar a López. Lo conocía porque solía comprar en su kiosco y en la carnicería que tenía su hermano al lado. La saludó al pasar, muy cordial. Creyó ver que no estaba afeitado, que tenía una barba de un par de días.

Un último jubilado, Horacio Abel Ponce, iba en su camioneta por la avenida 66. El Negro Ponce había trabajado en la imprenta de la Bonaerense y lo conocía a López desde hacía 40 años. Don López era de los vecinos más viejos de Los Hornos y el padre de Ponce era el peluquero del barrio. Se lo cruzaba seguido a Don López haciendo mandados. Esa mañana, Ponce estaba yendo a una bulonería cuando paró en una pollería en 66 y 138. Ahí fue cuando lo vio. Cree que era entre las 10 y las 10.30, aunque pudo ser más tarde. Fue el último en verlo. Según recordó, miró a la derecha y lo reconoció a López sobre la avenida 66 “entre la verdulería y el local de Edelap”. 

Durante mucho tiempo, en la investigación judicial, nadie repararía en quién vivía exactamente ahí donde lo vieron por última vez.

UNA ENTREVISTA INEDITA A JORGE JULIO LOPEZ

“Yo estaba de acuerdo con hacer la revolución, como Castro”



El 20 de julio de 2006, casi un mes después de declarar en el juicio a Miguel Osvaldo Etchecolatz, sonó el timbre en la casa de Jorge Julio López. La entrevista había sido concertada por teléfono y él salió enseguida a atender a Horacio Robles. El sociólogo estaba empezando el trabajo de campo para su tesis de maestría (*). Quería estudiar la militancia barrial montonera en La Plata. En una entrevista previa, Pastor Asuaje le había hablado sobre López: era un allegado a la unidad básica Juan Pablo Maestre, de Los Hornos, y estaba dispuesto a contestarle algunas preguntas.
Dentro de la casa estaba Irene, la esposa de López. No le causaba ninguna gracia que su marido concediera aquella entrevista. López hizo pasar a Horacio a una sala de estar junto a la cocina. Y cerró la puerta. Horacio se sentó en uno de los sillones y observó los portarretratos con fotos familiares. Todavía no tenía grabador digital, usaba uno de casete y la cinta ya estaba algo gastada. Además, López se movía, gesticulaba, se alejaba del micrófono. El encuentro duró algo más de una hora.
Volcar la charla al papel no fue nada sencillo. El audio era de mala calidad, por lo que debió reproducirlo una y otra vez para respetar la literalidad del testimonio, palabra por palabra. López era uno de los primeros entre sus entrevistados, que serían 35. Una vez desgrabado, el casete fue a parar a algún cajón o fue reutilizado en otro reportaje, y Horacio no pudo volver a encontrarlo.
Como solía hacer con sus entrevistados, el sociólogo pensaba volver a la casa de López con la entrevista impresa, para mostrársela y tener una segunda charla. Pero eso sería más adelante, cuando tuviera más testimonios y nuevas preguntas. Imposible saber que la segunda desaparición de su entrevistado alteraría aquellos planes.
–¿Cómo empezó tu militancia?
–Mirá, nosotros empezamos... si te digo, vos te agarrás la cabeza, a los 14 años cuando Cipriano Reyes liberó a Perón. Vinimos de La Pampa en total 19. De cada pueblo veníamos dos o tres. Mi viejo era el segundo afiliado al Partido Peronista.
–¿Qué era tu viejo antes de ser peronista?
–Era conservador. Casi todos se hicieron peronistas, el último que quedó fue Solano Lima.
–¿Dónde naciste?
–En General Villegas, en el año 1929. Vine a La Plata en 1956. Cuando el lío que lo sacan a Perón me tuve que ir de allá porque andaba una patota de la Federal y se los estaba llevando a todos. Entonces, el comisario me dice: “Tomate el piojo porque se viene una patota de militares”. Yo conocía casi toda la nación, había estado en Bariloche.
(...)
–¿Qué hacías en la unidad básica?
–Me dedicaba a andar con los chicos, les enseñaba a jugar al fútbol. Eso era todo barrial. Yo era albañil y con otros muchachos hacíamos todos los trabajos de arreglar veredas.
–¿Vos trabajabas de albañil?
–Sí, yo lo aprendí con gente que había venido de Italia y con ellos aprendí el oficio. También me servía para otras cosas.
–¿Habías podido ir a la escuela?
–Yo a la escuela fui hasta sexto. Después hice cursos. Quise tener un título en la construcción, pero no seguí. Trabajaba en la construcción mientras iba a la unidad básica. Era como entrenador de chicos del barrio. Todavía pasan por acá, por mi casa, y se acuerdan de esa época. Participaban en torneos. Yo les decía que se cuidaran.
–¿Conocías gente que militaba, por ejemplo, en el ERP e iba al barrio?
–Sí, conocía, vinieron acá.
–¿Ustedes en la unidad básica tenían charlas de política?
–Sí, hablábamos de todas las cosas que pasaban, de qué podíamos hacer.
–¿Fuiste a Ezeiza?
–Iba pero me volví en la mitad del camino.
–¿En la unidad básica hablaban, por ejemplo, de qué era el socialismo?
–Socialismo eran los socialistas que inventaron todas las leyes, aguinaldo, vacaciones. Eso existía de antes, ya lo habían votado los socialistas; (Alfredo) Palacios, (Nicolás) Repetto, (Juan B.) Justo, la mujer de Justo (Alicia Moreau). Esos habían hecho las leyes; cuando vino Perón no se cumplía nada, como ahora. Si te viene bien lo cumplís, si no, no lo cumplían. Perón no puso nada, estaba todo escrito. Vos por ejemplo tenías que cobrar un sueldo de 30 pesos por día y te pagaban 15 pesos y no te pagaban vacaciones, nada. Con Perón se empezó a cumplir todo. Fue cuando sacó al obrero. El obrero estaba olvidado.
El cariño que López mostraba por los socialistas lo llevó a afiliarse al Partido Socialista Democrático (PSD), cuando terminó la dictadura. Su ficha de afiliación tiene como fecha el 2 de septiembre de 1985. El documento lo firmó el secretario general del PSD, Antonio Cóccaro. Según una militante socialista, López se afilió porque tenía buena relación con un grupo de viejos socialistas que se reunía en el local de la calle 49. Nunca militó activamente.
–¿Tu casa estaba cerca de la unidad básica donde vos ibas?
–Yo vivo acá desde el año ’56 o ’57. La unidad básica estaba en 68 y 142, estaba a tres cuadras. Estaba esta chica que la mataron. Le tenían bronca porque se dedicaba a cuidar chicos, a darles de comer. Los Montoneros de Firmenich hicieron cosas buenas, pero después se fanatizaron mucho.
–¿Cuánto tiempo estuviste en la unidad básica? ¿Un año?
–No, más. Yo estuve seis meses preso en el campo de concentración, acá en Arana. Mi nombre de guerra era Cabeza.
–¿Vos veías que los chicos estaban muy fanatizados, sobre todo los chicos de la facultad?
–Claro, muy fanáticos. Faltaba un entrenamiento militar. La policía venía con un arma y te mataba enseguida. Una vez le dije a Asuaje: “Che, está llegando gente rara a la unidad básica”. Esos llegaron para descubrir.
–¿Vos te preguntabas por qué estabas en la unidad básica? ¿Qué era lo que te gustaba?
–Y a mí me gustaba hacer cosas en el barrio. Yo también les dije: “Vamos a blanquearnos, a hacer un partido político”. Yo veía que faltaba preparación, entrenamiento militar. También convicción, los mandaban a hacer cualquier cosa.
–¿Vos todo eso lo decías?
–Sí.
(...)
–¿Te acordás de alguna anécdota de la unidad básica con la gente de la facultad?
–Ibamos a la facultad. Había conferencia, lo vimos a (Fernando) Vaca Narvaja.
–¿A vos te parecía bien lo que decían?
–No, siempre estaba en contra. No me gustaba eso de mandar al frente. No había preparación.
–¿Vos mismo alguna vez guardaste armas, material?
–No. Me ofrecieron, pero no.
–¿Leías libros, revistas, documentos de la Orga?
–Sí, discutía, pero no leía.
(...)
–¿Vos te considerabas miembro de la organización Montoneros?
–Yo, sí.
–¿Vos tenías mucho trato con los chicos de la universidad en la unidad básica?
–Sí. Ellos me querían mucho. Los mandaban hacer cosas sin entrenamiento, a pintar paredes. Vos tenías un trato con los estudiantes pero te dabas cuenta de que estaban sin entrenamiento, equivocados, pero seguías estando con ellos. Yo no me fui. Yo era muy independiente (...) Yo quise entrenar chicos, pero ya era tarde. Yo estaba de acuerdo con hacer la revolución como Castro, con eso sí estábamos de acuerdo. Habíamos estado con el gobierno corrupto de Isabel y López Rega, los más corruptos. Con la gente del barrio nos llevábamos bien, acá todos nos querían y todos cooperaban.
–¿En esos años la gente colaboraba?
–Sí, todos. La gente de la unidad básica eran todos universitarios. Ellos ahorraban plata para entregarla en el barrio. Yo estaba encargado del fútbol. (...) Perón, por otro lado, era un fayuto. Yo estaba preso y los montoneros querían sabotear la transmisión del Mundial y me dio una bronca. No podía ver los partidos mientras estábamos presos.
–¿Nunca más tuviste una experiencia así, de estar con gente joven?
–No, como esa no. Joven e inteligente. Fue por eso el Plan Cóndor. Porque Sudamérica con esa juventud que mataron los pasaban por arriba a los yanquis. Los mandan a matar a todos. Fue la Iglesia, el Vaticano y la CIA. (El secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry) Kissinger fue el represor más grande. Cuando necesiten agua van a hacer boleta a todos. Hay que pensar las cosas globalmente.
–¿Los chicos pensaban en esos términos?
–La que yo digo era una juventud maravillosa.
–Pero tenía rasgos de fanatismo...
–El fanatismo, pero no creado por ellos. Por los que no lo supieron manejar. Fueron las cabezas y se desaprovechó. Vos hablabas con uno de ellos y te quedabas admirado, porque veías que la tenían bien pensada, bien preparada. Eso era lo que yo me admiraba de todo. Perón en los ’50 tuvo gente pero no tan inteligente. (Antonio) Cafiero, (Carlos Saúl) Menem, los discípulos de Perón, se decían peronistas pero si les dabas un millón de pesos, dejaban a los pibes con hambre.
* La entrevista realizada por el sociólogo Horacio Robles a Jorge Julio López forma parte del acervo del archivo de historia oral del Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades de La Plata. Su tesis de maestría, defendida el 11 de noviembre de 2011, tiene esta dedicatoria: “En homenaje a Jorge Julio López, entrevistado por el autor el 20 de julio de 2006 en su casa de Los Hornos, a dos meses de su desaparición ocurrida en septiembre de ese año”.
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