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viernes, 17 de julio de 2015

Treinta y Tres: crónica de una infamia

Libro denuncia artilugios de la dictadura para detener y torturar

Un libro del periodista Mauricio Almada revela los mecanismos usados por el régimen dictatorial para justificar la detención y tortura de veinticinco adolescentes integrantes de la UJC de Treinta y Tres.


Caras y Caretas - 10 7 15


Abril de 1975. Veinticinco adolescentes de la Unión de Juventudes Comunistas (UJC) de Treinta y Tres fueron detenidos como parte de un operativo de las Fuerzas Conjuntas contra el PCU. Fueron recluidos en el Batallón de Infantería Nº 10 y, como era la costumbre, torturados por los servicios de inteligencia (S2) de esa unidad militar. Eran varones y mujeres de 13, 14 y 15 años, que sufrieron los mismos tormentos que la amplia mayoría de los presos políticos en Uruguay. No les tuvieron ninguna consideración; todo lo contrario.
El libro Crónica de una infamia. El comunicado más vil de la dictadura, del periodista Mauricio Almada, muestra las diversas formas de violencia que sufrieron aquellos jóvenes, casi niños, del interior uruguayo, sobre quienes la dictadura lanzó uno de los más furibundos ataques represivos. Porque estos adolescentes no sólo fueron víctimas de la tortura y el maltrato psicológico dentro del cuartel, sino que fueron sometidos al escarnio público a través de un comunicado oficial que pretendió justificar su detención y secuestro.

El comunicado, firmado por el Comando General del Ejército, refería a la desarticulación de la organización clandestina (la UJC), pero también hablaba de un campamento en el balneario La Esmeralda (Rocha) en el que estos jóvenes habrían vivido en condiciones de “completa promiscuidad”. El texto decía que allí “los cambios de pareja en hábitos sexuales eran usuales” y que tres de las chicas “rivalizaban en verdaderas competencias de índole sexual para medir sus respectivas resistencias”. “Esta práctica aberrante es el resultado de la prédica marxista, mostrando al descubierto su característica de disolvente y atentatoria de los tradicionales valores morales, los que tal filosofía se empeña en desarraigar”, explicaba.
El comunicado fue publicado en los principales diarios de circulación nacional (El Día, El Diario, La Mañana y El País) y se transformó en una “huella indeleble” para aquellos adolescentes, muchos de los cuales debieron irse de su ciudad, en donde, según afirma Almada en su libro “muchos siguen dando crédito a aquella invención” elaborada por algunos de los principales referentes de la represión durante la dictadura. Fue “una mentira y una manipulación” con “efectos devastadores” para las víctimas. Fue “el comunicado más infame”.

La mentira

Los jóvenes de Treinta y Tres no fueron los únicos menores de edad torturados en los cuarteles de la dictadura. Como todos, los jóvenes sufrieron plantones, picana eléctrica, submarino, quemaduras con cigarrillo, golpes y simulacros de ejecución, a los que, en este caso, se sumó la infamia de ese comunicado. En diálogo con Caras y Caretas, Almada dijo que a estos jóvenes, hoy adultos, se les aplicó el castigo físico y psicológico de la tortura, pero también se levantó contra ellos una acusación moral que “es más perdurable”.

Cuando fueron liberados se enfrentaron a una sociedad que los estigmatizaba y que los denigraba, y los hacía responsables de sus propios padecimientos. Las chicas eran tratadas de “putas”, los varones de “cogedores”. “Hasta el día de hoy hay gente en el pueblo que todavía recuerda a esas chicas descarriadas de la UJC que hacían aquellos alocados campamentos”, afirmó Almada.

Sin embargo, estos chicos “no eran palomitas caídas del cielo” sino que “eran militantes políticos”, por lo que su detención se explica como parte de una avanzada política del régimen. “Tenían un compromiso político y estaban afiliados a una organización prohibida y clandestina, es decir, asumían riesgos. ¿Sabían lo que les iba a pasar? Más o menos, no del todo. Sabían que en el cuartel de la ciudad se torturaba gente, lo sabía todo el pueblo, porque ese cuartel funcionaba como cárcel de mujeres de todo el país, había muchas mujeres del MLN detenidas”, expresó Almada.

Otro hecho paradigmático es que el Batallón “está en pleno casco urbano de la ciudad”. “Cuando torturaban a estos chicos los gritos se escuchaban de todos lados, la gente que pasaba por la puerta los escuchaba; eran adolescentes, algunos gritaban por sus mamás”. Pero nadie parecía querer escuchar lo que ocurría. También se daba otra situación: algunos de los soldados eran compañeros de liceo de los mayores, y algunos oficiales, padres de sus compañeros de estudio.

Durante su detención y cautiverio, los jóvenes fueron inyectados con penicilina “para combatir las supuestas enfermedades venéreas” que habrían contraído en esas orgías sexuales inventadas. “Y lo hicieron adelante de [los soldados de] la tropa para que estos después salieran del cuartel y locomentaran. Todo cerraba, la gente lo creyó, incluso algunas de las familias de las propias víctimascreyeron en esta historia”. Una de las chicas fue echada de su casa.

El “Goyo” Álvarez

El comunicado fue “una pieza perfecta de comunicación”, por cuanto refería a los preceptos morales que quería imponer la dictadura. “Demostraba la destrucción moral que el marxismo causaba en los jóvenes uruguayos, en la familia uruguaya y por tanto, en la sociedad uruguaya […] Estaba referido a chicos de Treinta y Tres pero reflexionaba sobre la realidad nacional y la gran amenaza que se cernía sobre el país, a través del comunismo internacional y su expresión vernácula, el Partido Comunista y la UJC”, reflexionó Almada.
Almada explicó que el operativo se ejecutó en el marco de la “Operación Morgan” y fue liderado por Gregorio “Goyo” Álvarez, jefe de la División de Ejército IV, con asiento en Minas (Lavalleja), pero con jurisdicción también en Treinta y Tres. “Él toma este operativo como algo muy especial. En 1975 la guerrilla había sido derrotada y toda dictadura precisa un enemigo para justificarse; en este caso, vino como anillo al dedo”.
Álvarez percibió que ahí había “un nicho para actuar, un enemigo sobre el cual dirigir sus acciones y aleccionar a la población sobre esta amenaza que representaba el marxismo, y lo tomó en sus manos”, aseguró Almada. “En esta historia lo encontramos en pleno ascenso, en una carrera ascendente, sumando galardones, y este operativo contra los jóvenes comunistas representó algo muy especial para él”. En el libro se señala, incluso, que Álvarez estuvo en el cuartel de Treinta y Tres mientras estos jóvenes estaban detenidos.

La infamia
                                                                                              
El libro recoge dos documentos secretos, actualmente bajo custodia de la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente, que refieren a este caso. El primero es un informe elevado por Álvarez a sus superiores, en el que se daba cuenta del operativo, de los resultados de la investigación, se hacía referencia someramente al campamento en La Esmeralda y se anunciaba que continuarían los “interrogatorios en profundidad”. Un documento posterior, elaborado por la SIDE y firmado por el coronel Nelson Viar, jefe del Departamento II, incorporó la historia de las orgías, que daría lugar al comunicado público. Así se gestó la infamia.

Almada valoró que contra esos jóvenes se produjo un ensañamiento especial. “La tortura no se justifica nunca, bajo ningún medio, pero los militares que trabajaban en el S2 de los cuarteles la utilizaban para obtener información. En el caso de los chicos de Treinta y Tres no había ninguna información que obtener, porque ya sabían todo: unos días antes había caído en Minas un integrante de la organización que llevaba en uno de los bolsillos de su pantalón el organigrama completo de la UJC de Treinta y Tres: nombres, cargos, dirección. El operativo fue fulminante; en pocas horas los detuvieron a todos”.

Las actividades de este grupo eran conocidas, porque en una ciudad chica como Treinta y Tres todo se sabía. “Sus mayores actividades políticas eran algunas reuniones, pintadas en la calle, alguna volanteada, pero no representaban ningún peligro desde ningún punto de vista”. El comunicado decía que en el campamento también se manejaba la posibilidad de impulsar la lucha armada. “Esto también era falso”, afirmó Almada.
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